El vacío. SÁMSARA

Hacía todo lo posible por taparlo. De manera inconsciente inventaba mil maneras de no percatarse de eso. Procuraba encontrar fórmulas diversas de no adentrarse en él. Cualquier novedad en sus circunstancias le servía para evadirse de esa sensación. Él sabía que había algo en su interior que estaba desnudo, sin cubrir. Una sensación que desde siempre había estado evitando.
Era como un vacío en su interior. Un vacío que le causaba incomodidad, un hueco profundo sin fin aparente. Una sensación de ahogo, una falta de respiración, algo cercano a la falta de vida. A veces se había asomado al borde de ese hueco y una sensación de vértigo se había apoderado de él con solo mirarlo, ni mucho menos se había atrevido a adentrarse en ese vacío. No fuera que... aunque realmente no sabía que pasaría si un día se dejaba ir llevado por el magnetismo de ese vacío.

Antes que hacer eso prefería escuchar la radio, leer libros o ver vídeos por YouTube. Cualquier cosa antes que acercarse a ese vacío. Le encantaba escuchar música y a lo largo de su vida se había convertido en un melomano. Si salía a hacer ejercicio, a correr o en bicicleta de montaña siempre lo hacía con sus auriculares y música motivadora. Si caminaba por el bosque se acompañaba de algún audio. Si realizaba tareas monótonas, de cuidados en el jardín o la casa, las amenizaba con alguna entrevista grabada.

El caso era no acercarse a ese hueco. Ese vacío latente. Ese espacio sin aire, desconocido y gris que él sabía que moraba en su ser. Se dio cuenta que no solo hacia esas pequeñas tretas si no que muchas de las cosas que había realizado en su vida obedecían a ese mantra interno que lo mantenía alejado de esa oquedad suya. Desde bien pequeñito había necesitado vivir de forma intensa. De vivir emociones contrapuestas y de generar ilusiones que lo mantuvieran alejado de ese precipicio interior.

Experiencias vitales, relaciones tempestuosas, circunstancias intensas le ayudaban a distraerse de eso. Fiestas nocturnas, deportes de riesgo, amistades variopintas le servían de tapadera, de anestesia vital para cubrir su desnudez profunda. Tenía una mente dispersa, se distraía con facilidad y cualquier cosa le servía para alejarse de ese hueco.

Pero, no sabía porqué, ahora estaba cansado de todo eso y su mirada interior lo llevó a las inmediaciones de ese vacío. Y decidió acercarse a él. Decidió vivir esa experiencia, la que había querido evitar siempre. Decidió conocer ese espacio interior, vácuo, etéreo, incorpóreo, pero que se manifestaba en constantes intentos de eludirlo. Quiso conocer esa experiencia.

Hizo las principales tareas del día y se dispuso a encontrar un momento de calma. Se sentó en su lugar preferido y cerró los ojos. Empezó a calmar su mente y a buscar en su interior esa zona cercana al vacío. Pero ahora no aparecía con facilidad. Evocó mentalmente esa sensación y apareció algo parecido, una versión desdibujada que sabía no era la real. Era como asomarse a una tristeza, a una melancolía sin brillo, ausente, lejana y gris. Permaneció un buen rato alerta a esas sensaciones. Escuchando y observando su interior.

Esa no era la sensación real de la que había huido siempre, pero se le parecía. Sintió que sencillamente formaba parte de él. Pero precisamente cuando le prestaba atención, por fin, después de una vida de eludirla, ahora se le presentaba esquiva. Escurridiza. Pero no le importó. Siguió escuchándose, dejando que sus sensaciones señorearan su consciencia, con el convencimiento de que el día menos pensado podría asomarse a ese lugar. Caminar por esa zona de exclusión, ese espacio desconocido. 

No sería hoy. Tampoco sabía cuando sería. Pero ahora se sentía preparado. Algo había cambiado en su ser que lo haría permanecer atento a cualquier sensación que apareciera en su estado personal. Sentía la firme decisión de conocer quién era realmente, qué formaba su ser, de qué estaba hecho ese hueco al que siempre había dado la espalda.

SÁMSARA



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Los amigos. SÁMSARA

Su mirada estaba perdida en el fondo del plato. Sentía un vacío, ausente de sensaciones, absorto en la nada. Un ruido de cubiertos, el metal chirriando sobre la loza, lo sacó de ese mini trance. Se sorprendió a si mismo inhalando aire por la nariz y dejando ir un largo soplido por la boca.

Miró alrededor suyo y los vio charlando, con los carrillos llenos, riendo y mirándose ansiosamente unos a otros. Observó cómo se establecía un juego en el que nadie ganaba. Había una corriente telúrica que los unía a todos pero que nadie percibía. Ni siquiera él que estaba alerta y consciente de ese movimiento.

Unos explicaban de forma grandilocuente las últimas noticias financieras del momento, con aires de conocer y saber más que nadie sobre ese tema, como si los designios del movimiento socio político y económico estuviera sustentado en esa mesa alargada llena de platos, comida, cubiertos y vino.

Si otros no podían argumentar lo contrario o apoyar la corriente de opinión reinante, quedaban rezagados de la conversación, como a él mismo le estaba pasando.

También la conversación derivaba hacia chismorreos sobre personas conocidas, justo los que ese día no habían podido acudir. Si te perdías alguna de esas cenas estabas sentenciado, probablemente. Se juzgaba sin defensa posible a amigos y conocidos de forma jocosa e incluso alarmista en algunos casos.

Otras veces la conversación derivaba a los trabajos de los más ilustres componentes de esa mesa, explicando conocidos y aburridos chances sobre éste o aquél tema. Todo sumado, cogia un aroma de naftalina pringosa que se apoderaba de su persona. Y él aún no había descubierto cómo zafarse de eso, cómo proveer a esas cenas de un sentido más elevado.

Su estado de ánimo era consecuencia de esa frustración contenida que sentía hacia su grupo de amigos. ¿Amigos? Se sorprendió preguntándose en lo profundo de su mente. Eran un grupo de personas con anhelos tan dispares, que ya no los reconocía como propios. Ya no los vivía con la intensidad que un verdadero amigo mereciera. Y eso hacia ya años que lo tenía carcomido. La culpa se apoderaba de su nterior, al mismo tiempo que el rechazo por su grupo.

No tenía respuestas a cómo debía comportarse. Permanecía callado, distante, fuera del grupo. Sintiendo un mar de emociones en su interior. Mar oscuro y tenebroso, mal oliente por un ambiente estancado y enrarecido. Todo esas emociones lo habían sumido en ese silencio ausente, instantes antes de que el chirrido de la loza y el tenedor le sacara de su ensimismamiento.

(imagen de la serie Los Soprano)

Cada vez que los veía sentía la alegría en el fondo de su corazón. Sentía como danzaba en su interior un baile de mariposas al sentirse en pertenencia al grupo. Abrazos, saludos, apretones de manos cariñosos y palmadas en el hombro sinceras. Una armonía que permanecía más en el deseo que en lo acontecido. 

Poco a poco la camaradería, la alegría por los años y experiencias compartidas, iban dando paso a la desilusión. A la desazón profunda que le provocaba sentirse ausente. Sentirse fuera de allí. A la comprobación fehaciente de que ya no pertenecía al clan. Al grupo. Los chicos iban hacia un lado y él hacia el otro. O quizás era él quien se marchaba por otros lares, mientras ellos permanecían en ese punto. No lo sabía, no tenía certezas, ni respuestas. Solo un enorme vacío en sus entrañas.

Los miro y observó. Una imagen en movimiento, sin sonido. Como si estuvieran lejos. Los miro uno a uno. Sus amigos. Un grupo de desconocidos que bailaban en torno a sus propios personajes. Un maremagno de egos danzando en torno a ídolos falsos. Y él allí en medio. Sólo, triste, con culpa y pesar, acercando a sus labios el siguiente bocado, que ni degustó, ni sintió, ni pudo prestar atención a su aroma, porque solo le llenaba el tremendo hueco que sentía en su interior.

SAMSARA

El dinero. SÁMSARA

Sentía un nudo en sus tripas. Era como si algo la atenazara en su estómago, como si una pinza grande e invisible le apretara en lo profundo de sus entrañas. Y la retorciera. Y giraran esas tenazas un cuarto de vuelta más, generando una sensación molesta y tirante, creando un vacío en su interior. Una sensación extraña y rara. Difícil de explicar.

No era la primera vez que la sentía, pero ahora esa borrosa sensación señoreaba en su interior, y se adueñaba de sus sentidos. Era horroroso, y no quería abandonarse a esa tortura. 

Todo pasó cuando recibió un aviso de su banco. Le habían enviado un mensaje por el teléfono móvil, avisándole de que tenía un descubierto en su cuenta. En cuanto dispuso de un momento, incrédula, accedió a su estracto bancario a través del propio teléfono móvil y vio que si, que tenía números rojos, y no era una pequeña cantidad, si no un buen pellizco.

Sintió ese vacío que había sentido tantas veces, y cómo esa mano oculta se entretenía torturando su estómago. Pensó en las reiteradas veces que le había pasado eso y entonces, se abandonó a sus sensaciones. Esta vez no "taparía" su emoción, echando tierra encima, ni echando la culpa fuera, ni cambiando de tema. Esta vez se dejaría llevar y sentir eso dolor punzante y retorcido que crecía en su interior.

Y lo hizo. Dejó lo que estaba haciendo para sentir. Para sentir la desesperanza, el enfado, la rabia por seguir en la misma situación mes tras mes. Sintió como subía desde su interior el volcán de las emociones, el enojo y el enfado porque la vida la castigaba tan duro ¿Que mierda podrida estaba sucediendo que siempre le pasaba lo mismo?

Ese ardor que siguió después de que las tenazas invisibles retorcieran sus entrañas le subió desde la boca del estomago por todo su pecho como si fuera la lava de un volcán, y la dejó subir. Sintió el calor del enfado, del cabreo. La rabia que le sacudía su ser, el calor explotando en su garganta, sus uñas clavándose en la palma de sus manos al apretar sus puños, tensando la piel del dorso y poniendo lívidos sus nudillos.

Un grito empezó a formarse dentro de su ser, y esta vez no le puso freno y lo dejó ir. Es más, lo acompañó afuera, lo empujó con toda su fuerza y gritó. Gritó enfurecida, fruto de la rabia que sentía, del profundo enfado que discurría por todo su sistema, era como si el volcán erupcionara y la lava roja saliera al exterior en un grito profundo, áspero, mugriento y negro por lo profundo, por lo antiguo de su deseperacion.

Sintió rompérsele la garganta, sintió otra oleada de azul de tristeza, y también la dejó ir, también la acompaño fuera de si, y lloró, lloró como hacía tiempo que no lloraba. Sin lamentos, solo una tristeza antigua que brotaba de su alma. Saltó la tapa que contenía toda su fracaso, torrente de lágrimas azules, que limpiaron su ser, que clamaban salir, como la pus de una herida vieja. Lloró sola, sin amargura, liberada por años de contencion, de inconvenientes, dificultades en su vida, de frustración vital. Lloró por sueños rotos, lloró en un mar salino y amargo, hasta que no pudo más. 

Y se sintió liberada. Los ojos inflados, la nariz moqueando, el alma rota. Pero sintió como si un arco iris se formara en su corazón. Intuía que el sol siempre estaba ahí y que sale cada día, después de las largas, tenebrosas y oscuras noches. Sintió que ahora el sol podría calentar su cuerpo, se había liberado y se estaba preparando para recibirlo.

Se había quedado vacía, como cuando te levantas de una larga siesta, desorientada, con la cabeza embotada, pero el corazón fresco. Miró por la ventana y si, el sol estaba ahí. Sintió el confort, el abrazo que le regalaba, la esperanza de que sucediera lo que sucediera se tenía a ella misma y a su propio ser.

SÁMSARA



El Amanecer. SÁMSARA

El fondo interior de sus párpados cogía un tono de color melocotón cuando, aún con los ojos cerrados, hacía el ejercicio vano de intentar ver algo. Se había sentado en una posición parecida a la del loto sobre un cojín, para no lastimarse los tobillos, mientras el sol de la mañana calentaba tímidamente su cuerpo. 

Sentía el calor en sus mejillas, en su cabeza despeinada, y en contraste sentia el frescor del amanecer en su cuerpo. Era una mañana de primavera, los huesos y los músculos aún entumecidos por el reciente periodo de sueño. Estaba sentado en el jardín, con su columna recta, descansando sobre sus caderas, los músculos distendidos y en actitud introspectiva.

Poco a poco el confortante y anaranjado calor del sol matutino empezó a invadirlo. Una modorra placentera se iba apoderando de él, mientras sentía un

ligero cosquilleo en la base de la pélvis. Una ligera vibración en su períneo que le llamó la atención y en la que posó su conciencia. Dejó ocurrir esa sensación, no le puso reparo y la observó. 

El caso es que esa sensación era conocida, aún sin saber de qué o de cuando. Se dejó llevar y sintió como esa casi imperceptible sensación de calambre placentero se apoderaba de la base de su cuerpo. El color anaranjado que veía en la pantalla interior que formaban sus ojos cerrados se fue transformando, en un momento dado; en colores más fríos, entre azul índigo y morado. Empezó a ver esas formas y luces interiores girar sobre sí mismas.

La vibración siguió creciendo en su interior y empezó a subir por su erguida columna, mientras sentía el paulatino aumento del calor que le ofrecía el disco solar que iba emergiendo con decisión desde la raya del infinito. A la sensación de calor y placer se le sumó el canto de algunos pájaros que saludaban la mañana primaveral con alegría. 

Oía el revolotear de sus alas, sentía su presencia por los gorgoritos que emitían, mientras unos parloteaban, por allí cerca, en su idioma "pajaril" otros desde más allá le contestaban. Era una comunión de cantos. Él pensó si serían verderoles, o serían jilgueros. Quizás el típico cantar del mirlo en las mañanas, cuando amanecía, precursor del buen tiempo. Sintió una sonrisa interior. 

Una punzada de hambre lo distrajo de su ensueño. Era un leve retortijón en el interior de su estómago. Una sensación conocida que lo alertaba avisándolo de que ya era hora de desayunar. Y aunque esa sensación lo distrajo, intentó no prestarle atencion. Puso todo su interés en la sensación que ahora invadía su ser, el aire fresco en contraste con la piel caliente de su rostro ruborizado por el sol. La temperatura de su ropa bañada por el mismo calor de ese sol y la sensación de amodorramiento. 

Notó el zumbido de un insecto y el leve cosquilleo al posarse en su frente. Lo sintió caminar por su piel y no pudo evitar lanzarle un manotazo para ahuyentarlo. Ese gesto lo distrajo finalmente de su estado casi de trance. Al abrir los ojos pudo ver una preciosa abubilla posada frente a la rama de un árbol cercano, con su cresta iridiscente y su brillante plumaje de colores y motas. El ave lo miro con ojillos asustadizos y al instante y de un salto, emprendió el vuelo.

La vio alejarse velozmente en vuelo raso primero, y elevándose enseguida hacia el bosquecito de enfrente. Tal como vio alejarse al bonito pájaro, un vacío se generó en su interior. Era como si el vuelo del ave hubiera marcado el final de un tempo silencioso. Se quedó mirando ensimismado el bosquecillo colindante, hasta que desperezándose lentamente, dió por finalizado ese momento de encuentro consigo mismo. Ese momento de encuentro con su ser.



SÁMSARA

El Sofá. SÁMSARA

Dejó caer todo su peso sobre el mullido cojín del sofá, con la seguridad de que éste lo recibiría sin rechistar. De hecho en ningún momento se le había ocurrido la idea de que eso no fuera a ser así. Había realizado ese gesto cientos de veces, quizá miles.

Generalmente llegaba al área del salón donde se hallaba la televisión, daba un último paso que lo llevaba a plantarse entre la mesita auxiliar y su querido sillón y con un calculado e imperceptible giro de tobillo generaba una ligera oscilación que le permitía caer en rápido vuelo raso hasta las profundidades aterciopeladas del cojín que tantas y tantas veces lo había recibido. 

El sofá soportaba todo su peso, sin posibilidad de réplica ni opción de defensa ante el impetuoso devenir de las circunstancias, siendo éstas, en este caso: el peso de su culo.

Jamás se hubiera podido plantear que ese tan suyo y automático gesto fuese posible ponerse en entredicho, pues aplicaba como muy propio el pleno derecho de someter a su inconsciente voluntad, al inerte objeto que lo acogía de modo tan sumiso.

Pero aquel día, mientras aún no había completado tan mecánica maniobra, mientras volaba a escasos centímetros de su confortable y mullido objetivo, tuvo un pensamiento de lucidez. Fue como un repentino flash de consciencia. Se vio a si mismo realizando ese salto mortal sin red que lo lanzaba por unos instantes al vacío y prestó atención al inminente momento del suave e inevitable aterrizaje.

Y llegando con sus sentidos alerta al momento del previsible impacto y tomando absoluta consciencia del momento que estaba viviendo. Sintió la oleada de placer que ascendía desde sus nalgas hasta su espinal dorsal para transmitirse hacia su mente en oleada casi erótica provocada por la liberación que en su neurología se generó al saberse recibido en toda su humanidad. 

Era como una liberación poder observar cómo llegaba ese instante tan cotidiano, hoy, tan lúcido.

Un suspiro profundo de satisfacción surgió desde lo mas profundo de su interior, antesala del descanso posterior a la intensa actividad del día casi ya consumido.

Una vez más su rincón favorito acogía al exhausto guerrero. Su sofá querido de nuevo se dispuso a abrazarlo y a sostenerlo sin rechistar. Él había cumplido con sus tareas, había trabajado duro, luchado por sus objetivos y ahora era el momento de volver a exhalar un plácido suspiro liberador de la tensión acumulada.

La única cosa que estaba sucediendo diferente al resto de cientos, quizás miles de ocasiones, es que ahora se estaba dando cuenta de que ese cotidiano momento, estaba ahí para él, para su uso y disfrute.

Se dispuso a experimentarlo sin limitaciones. Estiró las piernas, mientras sentía como la energía atorada se liberaba en direccion a sus extremidades. Abrió sus brazos en cruz, acompañando el gesto con un inmenso bostezo que intensificó lanzando un lánguido gruñido de placer.

Como tantas veces, fijó su mirada en el mando de la tele y alargó la mano con la intención capturadora de hacerse con él, como si de un trofeo se tratara. Se disponía a mover los dedos en precisa combinación con el propósito no consciente de buscar su canal preferido. 

Esta vez, sin embargo, no acabó de realizar el gesto. Algo en su interior lo paró. Ahora estaba consciente de sus automáticos movimientos, y se dispuso a permanecer quieto. En intensa observación del NO hacer nada. 

Respiró hondo y observó su tan familiar entorno. Su vista recorrió los objetos que lo envolvían. No eran muchos, el salón de su casa no estaba especialmente abigarrado de muebles ni adornos, por lo que no le fue difícil pasearse visualmente por su entorno. 

El silencio era intenso, la percepción de sus sentidos se hizo aguda, su consciencia del momento cobró intensidad.

Experimentó un momento mágico de silencio allá donde debiera haber ruido, un momento mágico de observación allá donde debiera haber ceguera. Experimentó un momento de confort en su cuerpo, allá donde debiera haber tensión. Todo lo que le rodeaba cobró intensidad por el mero hecho de tomar consciencia y observarlo. 

Era una sensación extraña por tan poco usual, a pesar de estar ubicado en el lugar donde tantas y tantas veces había permanecido anestesiado por la televisión, amodorrado por el cansancio, abatido por el inexorable paso del tiempo.

Respiró hondo una vez más, y tomo la determinación de permanecer conectado con sus sentidos durante un buen rato. Esa noche ya no encendió la televisión, y disfrutó del acogedor momento que le ofrecía la vida. 

Se prometió que a partir de ahora, antes de abandonarse al ordinario hábito de desenchufarse de la vida, efectuaría un acto de conexión con su esencia, y permanecería presente en observación de los mensajes que su profundo Ser estaría dispuesto a revelarle.



SÁMSARA



El pastel. SÁMSARA

Era delicioso. Pequeños destellos en su mente intentaban descifrar la composición porque era algo incongruente. Le llamaban Carrot Cake, pero no encontraba el sabor de la zanahoria por ningún lado. La tarta no sabía a la zanahoria cruda recién sacada de la tierra, con ese sabor característico difícil de definir, con su textura astillosa y dura y ese aroma de resina. Tampoco sabía a la zanahoria cocida, casi insípida y de textura blanda que se deshace al masticar. 

Eso fue lo primero que le sorprendió cuando probó el pastel de zanahoria. Hace ya un tiempo, aunque no mucho, pues no era una receta originaria de su país.¡Pero que rico y bueno era! Ahora mismo estaba degustando un trozo de deliciosa tarta de zanahoria, con su café caliente en una de sus cafeterías preferidas: la “Bakery". Miró a su alrededor mientras la saboreaba. Mezcló y ancló en sus conexiones neurales la decoración “cool” muy en tendencia del local, junto al sabor del pastel. 

Pero seguía sin encontrarle el sabor a zanahoria. Ese simple pensamiento le hizo sonreír para sus adentros. Elevó los hombros, casi sin darse cuenta, mientras fruncía la boca en un gesto de despreocupación y se entregó al placer sublime de la mezcla de sabores.
Encontró algo de canela, el agradable dulzor del azúcar, la ligera acidez de la crema que recubría la tarta y ahora si, prestando mucha atención, sintió los ligeros trocitos de zanahoria. Los sintió en el tacto de su lengua y sus dientes, y encontró un ligerísimo y casi imperceptible sabor dulce y tierno. ¿Sería la zanahoria? ¿Sería algún fruto seco? Si, nueces. Eran nueces.

No había acabado de experimentar ese mar de sensaciones, cuando le dio un sorbo a su café largo sin azúcar. El contraste qué sintió fue vivificante, fue un golpe estimulante para sus papilas gustativas. El amargo calor del café barrió sin ambages la dulce sensación que le había dejado el trocito de pastel. Sintió como desde lo más profundo de su ser surgió la necesidad de repetir ese momento. Sólo había una manera de hacerlo, ni siquiera lo reflexionó, sino que fue un acto automático y mecánico del que no pudo sustraerse o evitar.

Volvió a repetir un bocado del Carrot cake y un sorbo de café. Distrajo su mirada alrededor suyo, y no prestó atención a ese acto reflejo. Tragó el bocado, dio un sorbo al cafe, no tan caliente ya y entonces a los pocos minutos, quizás tres o cuatro, se dio cuenta que no había sentido lo mismo. No era la misma explosión de sabores que había sentido antes. 

Razonó y entonces comprendió que no había prestado atención a ese bocado, que había cometido un acto mecánico y al darse cuenta se le ensombreció ligeramente el talante, pues supo que ese bocado glorioso, intenso, lleno de untuoso placer, suavidad y dulzura, mezclado con lo caliente de la amargura de su taza de café, se había marchado para siempre. Un instante vivido plenamente, que nunca mas volvería a experimentar.

Al darse cuenta de eso, se prometió ser consciente de esos momentos para no abandonarse a lo mecánico de lo cotidiano. Sabía que no podría cumplir su promesa siempre, que los hábitos son los hábitos, pero al menos lo intentaría. 

SAMSARA 

La Bolita. SAMSARA

Las llamas envolvían al tronco como si siguieran el ritmo de una melodia romántica, a veces lo abrazaban y a veces discurrían de arriba abajo formando una hipnótica danza que lo tenían absorto en sus pensamientos vacíos. 

El crepitar y las pequeñas chispas que se elevaban aquí y allá a lo largo del hogar de fuego lo sumergían en una especie de modorra cautivadora a la que se había sometido sin ofrecer resistencia, dejando sus pensamientos a un lado y centrándose en sus sentidos y las percepciones que desde ellos le llegaban.

Junto al chisporroteo de las llamas sobre la madera seca, se escuchaba a veces un ligero silbido al escaparse el aire desde el interior de los troncos, el olor del humo le evocaba momentos de su niñez, cuando su padre encendía el hogar allá en la casita de campo familiar a la que acudían los fines de semana. 

El olor del fuego tenia esa cualidad que le llevaba a tiempos pasados, milenarios y tribales. El calor que sentía en su cara era rojizo, intenso, tenía esa cualidad amorosa que le transportaba al mimo materno, a la caricia cálida que todo niño reclama para sí. La piel se le secaba al permanecer tan cerca del fuego, se le enrojecía, y le picaba frente a ese calor extremo. Tuvo que acomodarse y alejarse un poco.

Bebió un sorbo del té que se había preparado, precisamente poniendo una tetera de hierro forjado sobre las brasas. Sintió el aroma del té caliente al acercar su taza a su boca, y se mezcló con el olor del fuego, la madera ardiente, las ascuas y el humo. Era una combinación intensa de aromas, a los que se sumó el sabor del cardamomo, la canela y el gengibre. Bebió, degustando la infusión especiada. 

Sus sentidos se estaban llenando, y una sensación de placida felicidad le embargó en ese instante. Definitivamente la modorra lo venció, se quedó ausente un tiempo indefinido, dejándose acurrucar por el calor, el aroma intenso de las especies, el sonido arrullador del fuego. De repente un sonido agudo lo sacó de su letargo. No supo cuánto tiempo quedo con la mente en blanco, pero si fue consciente de lo placentero del momento. 

No tuvo que girarse a ver que sucedía, pues supo enseguida cuál fue el origen del sonido que lo transportó al momento presente. Fue un sonido como de campanillas repiqueteando. Rápidamente dedujo que era una de las bolitas del árbol de Navidad que había a su derecha. Esa bolita ya había caído antes porque el hilo que la ataba a la ramita del abeto, que él y su mujer habían decorado con tanto cariño y esmero, estaba defectuosa.

Al fin, se desperezó, estiro sus brazos y se levantó. La cara le ardía y tenía ahora demasiado calor. Resopló para liberar algo del calor interno que sentía y buscó con la mirada la bolita rebelde. Ahí estaba, reluciente a pocos pasos suyos, refulgiendo por el reflejo de la luz de las bombillas navideñas y por el reflejo de las llamas del hogar.

La recogió con cuidado y se dispuso a devolverla de nuevo al árbol navideño de la que se había caido. Mientras hacía de nuevo un pequeño nudo y sonreía para sus adentros, feliz por disfrutar de ese momento.

SAMSARA