La carretera. SÁMSARA

El sol entraba a través del cristal del parabrisas y provocaba sinuosos reflejos en el interior del vehículo. Las pequeñas motas de polvo tomaban relevancia al recibir el impacto de los rayos solares, y le gustaba observarlos por lo cotidiano de la experiencia, aunque sin perder la noción en tal fugaz detalle, puesto que debía prestar atención a la conducción.

Era uno de esos trayectos que tantas veces había hecho, en una carretera bien asfaltada y segura, aunque llena de largas curvas que tejían el recorrido entre las pequeñas montañas. Estaba desplazándose por una zona boscosa, ligeramente montañosa y su destino era la localidad donde vivían sus padres.

El simple acto de discurrir por esa carretera le conectaba con las sensaciones de amor hacia papá y mamá. Ambos eran personas mayores, pero gozaban de excelente salud. Además disfrutaba enormemente de charlar con ellos, pues la edad no había limitado su capacidad si no que, al contrario, la había aumentado. 

Se sentía feliz de ver cómo, al mismo tiempo de ir avanzando en edad, avanzaban en sabiduría, y deseó para si esa misma cualidad. Ojalá llegara a su edad con esa claridad y fortaleza, sentía gran admiración y orgullo por sus progenitores, así como gran fortuna por poder disfrutarlos. Aunque no fuera tanto como quisiera, pues sus obligaciones en su trabajo se lo impedían.

Las curvas en esa conocida carretera seguían transcurriendo provocándole una sensación de confort, mientras el sol penetraba y le calentaba los brazos, el pecho y la cara. ¡Suerte de sus gafas oscuras! Sino difícil sería seguir la trazada sin cerrar los ojos, con la tempranera luz sobre el cristal, impactando en sus retinas.

Se le hacia largo el trayecto, no por la hora y algo que tardaría, sino por la ligera impaciencia que sentía emerger en su interior. Sentía, más que imaginaba, el cálido olor del café con leche que le esperaba al llegar al hogar de sus padres. Sonreía para sus adentros mientras imaginaba el cálido recibimiento que iba a disfrutar, el abrazo amoroso y sincero, limpio, alegre e intenso. Disfrutaba pensando en la conversación que iba a haber, casi siempre siendo el foco de su atención.

¿Cuantas veces las personas disfrutamos de la atención de nuestros semejantes? Pues allí, sería yo quien recibiera ese baño de atenciones. Aunque debería ser al revés y siempre quería que fueran ellos los atendidos, pero acababa dejándose arrastrar por su cálida atención, su amoroso cuidado, su incondicional apoyo.

Nunca podría agradecerles tanto amor recibido, tantas caricias en forma de consejos, tanto apoyo también material. Por eso, cuando se acercaba el día de hacerles una visita, esa carretera se le hacía larga, precursora de momentos cálidos, curvas suaves sobre el gris asfalto, con el sol afuera sobre el cristal y el sordo sonido del motor del coche.

Con cada curva su cuerpo se inclinaba, se dejaba mecer. Curvas largas, amables, serenas. El traqueteo de la calzada, el rugir del motor, el calor ligero de la mañana de otoño lo acunaban. No se dormía, estaba totalmente alerta, pero se dejaba llevar por la sutil sensación de estar realizando un viaje al encuentro de sus raíces. Otros vehículos circulaban, en mansa procesión, ajenos a su momento de ilusión contenida, de enigma mágico a punto de resolverse. Atención plena al instante momentáneo.

Ya estaba llegando, una sonrisa amplia se dibujó en su boca, solo de pensarlo.

SÁMSARA 

La Sacudida. SÁMSARA

Una oleada imparable le recorría desde la coronilla hasta los pies. Sentía como su vello se le erizaba sin poder evitarlo y una sensación agradable recorría su cuerpo. Sintió como toda su estructura ósea y muscular se distendía y un crujir profundo se dilataba en todo su ser.

El esternón se estiró y su pecho se abrió mientras sentía como una descarga de alguna especie de energía penetraba en su ser, provocando oleadas cálidas y profundas que le recorrían desde el plexo solar, en el centro de su pecho, hasta su cabeza y extremidades. Era como una explosión que irradiaba por todo su cuerpo.

Esa sensación se adueñaba de ella desde la superficie de su piel y penetraba hacia las capas más profundas de su ser. Hacia adentro. Sentía toda esa energía recorrer su cuerpo provocando sensaciones de color diamante cristalino. No podía verlo con sus ojos porque había poca luz, pero lo veía de alguna otra forma no física difícil de explicar.

Por su ventana solo entraba la luz proveniente de un cielo estrellado con un gajo de luna recortado sobre un cielo negro acerado, límpido y sin nubes. Fresco y despejado. Serían las cuatro y algo de la madrugada y justo se había despertado abriendo los ojos de par en par en la clara oscuridad de su dormitorio.

Se dejó llevar por el ímpetu de esa especie de carga energética, disfrutando de las apagadas sensaciones. Era cómo recibir de repente una gran dosis de amor, proporcionado por una fuerza fraternal invisible, que la acunaba y acariciaba con mimo y delicadeza. No era nada de índole sexual, aunque sentía un placer eterno e indescriptible.

Su pareja se movió a su lado en la cama, escuchó su respiración tranquila y se preguntó si estaría notando lo mismo que ella. Pero dedujo que estaba dormido.

Se preguntó sobre cual sería el origen de esa extraña sensación que la mecía. Al instante le vino a la mente la imagen del cielo infinito, del espacio más allá. Le vinieron a la mente la imagen de seres celestiales incorpóreos, como de otra civilización no física. Quedó un poco aturdida por ese loco pensamiento. Ella era una persona racional. Pero la idea se grabó en su mente como una posibilidad real.


Y entonces se abandonó a la posibilidad, a esa sacudida de energía desconocida, limpia y fuerte, sosegada y armoniosa que la invadió con más fuerza. Dejó su mente en blanco sólo para sentirla sin ambages, para disfrutarla sin preguntas. Y la sacudida le encantó. La corriente la invadió y una fuerza increíble la penetró hasta el fondo de su ser. Hasta el último rincón de su alma.

Sámsara

El loco. SÁMSARA

Sus puños se cerraron mientras las puntas de sus dedos, enroscados como el caparazón de un caracol, se le clavaban en la palma de su mano. Una corriente de satisfacción y entusiasmo le recorría sus brazos hasta llegarle a su pecho, era una especie de alegría incontrolable.

Se puso a dar saltos como un crío mientras agitaba sus brazos en el aire, haciendo aspavientos desmesurados. Empezó a gritar de forma convulsa palabras de afirmación y animo. No se daba cuenta de lo que sucedía en su alrededor, solo de su sensación creciente e incontrolable de entusiasmo y dicha.


Bailaba al ritmo de una música interior, que solo él escuchaba, mientras bajaba por la pendiente dando saltitos de alegría. Era una locura.

Se dejó llevar por la placentera sensación. Era como un cosquilleo que le subía desde la base de su abdomen hasta su garganta. Un cosquilleo que crecía de modo cálido y expansivo desde su perineo hasta su coronilla, la disfrutó sin reparos y la experimentó deleitándose en la excitante sensación.

Su cara dibujaba una sonrisa enajenada, como si estuviera en otra dimensión y sus ojos entrecerrados se movían inquietos en todas direcciones. Sus pupilas dilatadas hubieran asustado a cualquiera que se hubiera acercado lo suficiente como para verlas.

Le hubiera encantado compartir con alguien su dicha pero las personas que se cruzaban en su camino no parecían interesarse por él. Pasaban por su lado con sus vidas grises a cuestas y la mirada baja. Los  pocos que lo miraban expresaban su extrañeza frunciendo el ceño y desviando la mirada, como si estuvieran viendo un enajenado, un pobre diablo loco.

Pero él tenía motivos para sentirse eufórico, tenía motivos para sentir esa plenitud que lo embargaba. Era una emoción profunda que se había adueñado de él y no podía ni quería desembarazarse de ella. Se había dado cuenta de una comprensión trascendente sobre su vida. Así, de repente y sin más, había caído en la cuenta de que él era un dios creador.

Le sobrevino ese entendimiento mientras paseaba por las calles de su ciudad, no hubo ningún hecho que lo motivara ni lo propiciara. Sencillamente ocurrió.

Se había dado cuenta de que no dependía de nada ni de nadie para vivir una experiencia de alegría y expansión.

Nada más darse cuenta de algo tan simple, empezó a sentir una alegría interna como nunca antes había sentido. Es como si una corriente de doscientos mil voltios recorriera su cuerpo. Y se dejó llevar por esa intensa sensación de entusiasmo por la vida. De euforia por el simple hecho de ocupar un lugar en el mundo.

Había tenido tan cerca de si, esa reflexión, que jamás hubiera imaginado que era la clave de su vida. El gran engaño al que se había sometido durante toda su vida.

Y ahora, de repente, sin siquiera pensarlo, lo entendía todo, y permitió que la emoción le embargara todo su cuerpo. Por fin había entendido que el ser humano no depende de nada, ni de nadie, para ser feliz. Para sentir un estado interno de gozo y alegría. Ebrio de amor.

Y se sintió libre y saltó. Y bailó. Y sonrió a quién por su lado pasó. Y como loco de alegría, calle abajo, corrió.

SÁMSARA

El chucho. SÁMSARA

No sabía cuanto tiempo llevaba ladrando. De hecho, no se había dado cuenta de que estaba haciéndolo hasta que unas ligeras cosquillitas en su nariz lo sacaron de su ensimismamiento. 

Ahuyentó con un movimiento involuntario de su mano derecha al posible insecto y fue cuando se percató de que un perro del vecindario estaba ladrando. Insistentemente. Pareciera que estuviera poniendo todo su ser en ese ladrido agudo y persistente. 

De nuevo sintió el cosquilleo que le producían las diminutas patitas al trotar por su sensible piel. Supuso que sería una mosca. Extremo que confirmó al oír su seseante zumbido, cuando volvió a espantarla con su mano. Exhaló un suspiro de aburrimiento.

Abajo, en la calle, el indignado can, continuaba empeñado en demostrar su fiera determinación a quién osara dudar de su amenazadora figura, aunque por la tonalidad quisquillosa y lo repetido de sus ladridos, diríase que se trataba de un perro faldero. De esos nerviosos y asustadizos, de ojos saltones.

Finalmente abrió los ojos. No podía concentrarse. Había querido meditar unos minutos, pero su intención había quedado interrumpida. A pesar de los inconvenientes le parecía que había estado en actitud meditativa un buen rato. Había superado el calor del ambiente y pudo retirar su consciencia a un lugar profundo de su ser. 

Permaneció un tiempo indefinido hasta que involuntariamente una pequeña distracción lo llevo a sentir aquel insecto y a darle un manotazo. Le pareció curioso no haber advertido durante su meditación la presencia de los ladridos del perro enojoso y enojado y si haber sentido la presencia de la mosca en su nariz. Cosas raras de la práctica meditativa en la que poco a poco se iba introduciendo.

Meditar era prestar atención absoluta a su cuerpo, a las sensaciones que permanecen y luego se amortiguan. Es volcar el interés en si mismo, en cómo se siente uno, en aspectos como qué temperatura hay, qué sostiene tu cuerpo, qué sonidos te rodean, e ir dejando pasar las cosas concretas como son tus propios pensamientos. Perderse poco a poco en la profundidad de tu consciencia, hasta llegar a un punto de no experimentar nada. Sólo la quietud. El equilibrio. La paz.

Esos momentos son solo instantes, pero perduran en tu recuerdo mucho más allá. A veces, cuando la vida ajetreada lo sacudía fuerte, evocaba esos momentos sagrados de quietud espiritual. Se había habituado a meditar con cierta regularidad, casi a diario y hoy como era pleno verano había decidido hacerlo en su terraza.

Hasta que su consciencia lo llevo al inoportuno perrito chillón. Viendo que su sesión de hoy no podría continuar decidió dedicarse a su actividad preferída. La "dolze fare niente". No era bien, bien meditar, pero permanecer relajado y no hacer nada, cuando el calor aprieta le parecía una actividad fantástica.

El perro seguía empeñado, allá abajo, en demostrar su inquebrantable tesón. Ladraba más fuerte, más chillón y más rápido. O eso le pareció. Menudo energúmeno. Quiso levantarse y asomarse a la terraza a ver que era lo que excitaba tanto al pequeño cánido pendenciero, pero su laxitud y vagancia se lo impidió. En pleno verano, cuanto menos esfuerzo, mejor.

Se sintió exangüe y se abandonó a la pereza. No se iba a levantar para ver qué pasaba. No pareciera muy interesante ver a qué o a quién ladraba ese pequeño cabronzuelo. Y a pesar del ruido y el follón y la curiosidad que sentía por saber que indignaba tanto al chucho, siguió sentado en su cojín de meditar, abandonado al no hacer nada, sano deporte estival, que tanto le apetecía.

SÁMSARA

El trayecto. SÁMSARA

El reflejo del cristal le devolvía la imagen. Los veia gesticular y sentía los ademanes ostentosos del hombre junto a ella. Las dos mujeres que acompañaban al hombre también gesticulaban y hablaban con voz fuerte. ¡Le estaban amargando el trayecto!

Subió al tren como tantos otros días, con su música relajante en sus auriculares. Era una forma de aislarse del entorno y no sentir las incomodidades del trayecto de forma tan intensa. Así con esa música dulce, u otras veces con música para bailar, pretendía no vivir la incómoda experiencia de un trayecto de poco menos de una hora.

Generalmente buscaba un sitio cómodo, apartado del bullicio y donde pudiera estirar las piernas y le importunaran lo mínimo posible. Pero ese día no fue posible. 

Por el motivo que fuera el tren iba bastante lleno. Gente vestidos de playa, con ropa vulgar, algún que otro mendigo pedigüeño o vendedores de pañuelos con mensajes lacrimosos escritos con faltas de ortografía impostadas, demasiado exageradas para ser ciertas.

Consiguió sentarse en un lugar donde nadie se había sentado aún y eligió el que le pareció mejor, aunque en su mente no aparecía la posibilidad de lo que iba a ocurrir. No por improbable, si no por inmerecido. Como si eso no pudiera pasarle a ella.

Nada más sentarse tres personas se sentaron en los otros asientos vacíos que la rodeaban. Un hombre de unos sesenta años, una mujer joven de unos veinte y otra cercana a la cincuentena. Aunque sus edades no podían asegurarse. Iban vestidos con ropa barata de mercadillo y hablaban elevando la voz considerablemente. 

El hombre era de tez morena, calvo en la frente y con pelo cano y largo hasta la nuca. Hablaba fuerte gesticulando, explicando sus argumentos con una seguridad histriónica, como si no le importara lo que ocurriera a su alrededor. Quizás al contrario, pareciera que todos debieran estar interesados por lo que él pudiera decir, puesto que el tono de su vozarrón era imposible de no escucharse.

Ella instintivamente subió el volumen de su smartphone para intentar así no escuchar las bravatas del individuo, que además sentía junto a ella, por la proximidad inevitable, debido a los aspavientos que se deba. Pareciera que si ése hombre llegara a presidente del gobierno, podría arreglar el país. 

Lo observaba desde el reflejo del cristal del vagón, ya que no se atrevía a mirarlo, no fuera que se le contagiara algo de esas formas zafias con las que el personaje se expresaba. Miró a las dos mujeres que lo acompañaban, la más joven frente a él, la más mayor frente a ella. Pareciera que le seguían el cuento y reían también con exageración las chanzas y comentarios del individuo. 

La ropa de ellas era de igual calidad de las de él. Parecían del mercadillo, lo peor. No eran pobres, no lo parecían, pues tenían joyas vistosas e incluso un bolso de marca. De tez morena por el sol del verano, cuerpos abultados, excesivos y sin complejos. Hasta la chica joven lucia unos pechos y nalgas considerables. No trataban ser de ninguna etnia ni región en particular, eran solo gentes sencillas, de educación escasa y comportamiento llano.
Pero a ella le molestaban. Algo se desencajaba dentro de su persona. Maldecía su mala suerte para sus adentros. Con el calor que hacía, lo pesado que era ir en el tren y encima esa gente alrededor suyo. Se sentía realmente incomoda y tensa, además no había forma de zafarse de la situación puesto que el resto de asientos se había ido llenando en el trayecto que ya habían ido recorriendo.

Si un observador hubiera evaluado la escena se hubiera tronchado de risa. Ahí estaban las tres personas, hablando, gesticulando y disfrutando de sus propias ocurrencias y ella, pequeña y encogida, tratando de ausentarse de su lugar y su momento.

De repente, se creó un silencio. Sus compañeros de asiento, por la razón que fuese, coincidieron en permanecer quietos y callados. Sintió un alivio en su interior. Pensó en que si permanecieran así cayados, su trayecto sería más llevadero. En ese instante, tomó aire profundamente y lo expulsó largamente sintiendo el sosiego en su corazón. Un momento de respiro. De paz. 

Al instante, las chanzas, aspavientos y voces de sus acompañantes volvieron de nuevo a su realidad. ¡Que poco había durado la tranquilidad! Y entonces, lo comprendió. La paz no estaba ahí afuera en su entorno. La serenidad no estaba en unos compañeros más guapos y más educados. 

Ella comprendió de repente que esa situación que estaba viviendo y que tanto la estaba fastidiando era una situación perfecta para darse cuenta que la calma que ella ansiaba no se encontraba en los hechos que la rodeaban. No podía supeditar su felicidad a un trayecto más o menos incómodo. Dándose cuenta de eso cerró los ojos y accedió al tesoro que permanecía en su alma. Al lugar aquel que acudía cuando las cosas no iban bien.

Y conectó. Conectó con la comprensión y el perdón que necesitaba. Esas gentes estaban ahí para recordarle que su felicidad no estaba ahí afuera si no en un lugar dentro de su corazón. 

Ya no quiso cambiar la situación, ya no quiso que sus molestos vecinos se fueran, solo quiso entrar en su rincón mágico para sentir la plenitud de ese instante presente que nunca más volvería a ocurrir. Esa oportunidad única que la vida le brindaba para encontrar y experimentar lo mejor de sí misma.

En ese momento se dio cuenta de que, como por arte de magia, las personas ya no estaban allí. ¿Cuanto tiempo hacía que no estaban allí? Por la parada en la que ahora el tren se encontraba, podían hacer ya un buen rato que se habían marchado. Se sintió maravillada al comprender lo que había ocurrido.

SÁMSARA

El vacío. SÁMSARA

Hacía todo lo posible por taparlo. De manera inconsciente inventaba mil maneras de no percatarse de eso. Procuraba encontrar fórmulas diversas de no adentrarse en él. Cualquier novedad en sus circunstancias le servía para evadirse de esa sensación. Él sabía que había algo en su interior que estaba desnudo, sin cubrir. Una sensación que desde siempre había estado evitando.
Era como un vacío en su interior. Un vacío que le causaba incomodidad, un hueco profundo sin fin aparente. Una sensación de ahogo, una falta de respiración, algo cercano a la falta de vida. A veces se había asomado al borde de ese hueco y una sensación de vértigo se había apoderado de él con solo mirarlo, ni mucho menos se había atrevido a adentrarse en ese vacío. No fuera que... aunque realmente no sabía que pasaría si un día se dejaba ir llevado por el magnetismo de ese vacío.

Antes que hacer eso prefería escuchar la radio, leer libros o ver vídeos por YouTube. Cualquier cosa antes que acercarse a ese vacío. Le encantaba escuchar música y a lo largo de su vida se había convertido en un melomano. Si salía a hacer ejercicio, a correr o en bicicleta de montaña siempre lo hacía con sus auriculares y música motivadora. Si caminaba por el bosque se acompañaba de algún audio. Si realizaba tareas monótonas, de cuidados en el jardín o la casa, las amenizaba con alguna entrevista grabada.

El caso era no acercarse a ese hueco. Ese vacío latente. Ese espacio sin aire, desconocido y gris que él sabía que moraba en su ser. Se dio cuenta que no solo hacia esas pequeñas tretas si no que muchas de las cosas que había realizado en su vida obedecían a ese mantra interno que lo mantenía alejado de esa oquedad suya. Desde bien pequeñito había necesitado vivir de forma intensa. De vivir emociones contrapuestas y de generar ilusiones que lo mantuvieran alejado de ese precipicio interior.

Experiencias vitales, relaciones tempestuosas, circunstancias intensas le ayudaban a distraerse de eso. Fiestas nocturnas, deportes de riesgo, amistades variopintas le servían de tapadera, de anestesia vital para cubrir su desnudez profunda. Tenía una mente dispersa, se distraía con facilidad y cualquier cosa le servía para alejarse de ese hueco.

Pero, no sabía porqué, ahora estaba cansado de todo eso y su mirada interior lo llevó a las inmediaciones de ese vacío. Y decidió acercarse a él. Decidió vivir esa experiencia, la que había querido evitar siempre. Decidió conocer ese espacio interior, vácuo, etéreo, incorpóreo, pero que se manifestaba en constantes intentos de eludirlo. Quiso conocer esa experiencia.

Hizo las principales tareas del día y se dispuso a encontrar un momento de calma. Se sentó en su lugar preferido y cerró los ojos. Empezó a calmar su mente y a buscar en su interior esa zona cercana al vacío. Pero ahora no aparecía con facilidad. Evocó mentalmente esa sensación y apareció algo parecido, una versión desdibujada que sabía no era la real. Era como asomarse a una tristeza, a una melancolía sin brillo, ausente, lejana y gris. Permaneció un buen rato alerta a esas sensaciones. Escuchando y observando su interior.

Esa no era la sensación real de la que había huido siempre, pero se le parecía. Sintió que sencillamente formaba parte de él. Pero precisamente cuando le prestaba atención, por fin, después de una vida de eludirla, ahora se le presentaba esquiva. Escurridiza. Pero no le importó. Siguió escuchándose, dejando que sus sensaciones señorearan su consciencia, con el convencimiento de que el día menos pensado podría asomarse a ese lugar. Caminar por esa zona de exclusión, ese espacio desconocido. 

No sería hoy. Tampoco sabía cuando sería. Pero ahora se sentía preparado. Algo había cambiado en su ser que lo haría permanecer atento a cualquier sensación que apareciera en su estado personal. Sentía la firme decisión de conocer quién era realmente, qué formaba su ser, de qué estaba hecho ese hueco al que siempre había dado la espalda.

SÁMSARA



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Los amigos. SÁMSARA

Su mirada estaba perdida en el fondo del plato. Sentía un vacío, ausente de sensaciones, absorto en la nada. Un ruido de cubiertos, el metal chirriando sobre la loza, lo sacó de ese mini trance. Se sorprendió a si mismo inhalando aire por la nariz y dejando ir un largo soplido por la boca.

Miró alrededor suyo y los vio charlando, con los carrillos llenos, riendo y mirándose ansiosamente unos a otros. Observó cómo se establecía un juego en el que nadie ganaba. Había una corriente telúrica que los unía a todos pero que nadie percibía. Ni siquiera él que estaba alerta y consciente de ese movimiento.

Unos explicaban de forma grandilocuente las últimas noticias financieras del momento, con aires de conocer y saber más que nadie sobre ese tema, como si los designios del movimiento socio político y económico estuviera sustentado en esa mesa alargada llena de platos, comida, cubiertos y vino.

Si otros no podían argumentar lo contrario o apoyar la corriente de opinión reinante, quedaban rezagados de la conversación, como a él mismo le estaba pasando.

También la conversación derivaba hacia chismorreos sobre personas conocidas, justo los que ese día no habían podido acudir. Si te perdías alguna de esas cenas estabas sentenciado, probablemente. Se juzgaba sin defensa posible a amigos y conocidos de forma jocosa e incluso alarmista en algunos casos.

Otras veces la conversación derivaba a los trabajos de los más ilustres componentes de esa mesa, explicando conocidos y aburridos chances sobre éste o aquél tema. Todo sumado, cogia un aroma de naftalina pringosa que se apoderaba de su persona. Y él aún no había descubierto cómo zafarse de eso, cómo proveer a esas cenas de un sentido más elevado.

Su estado de ánimo era consecuencia de esa frustración contenida que sentía hacia su grupo de amigos. ¿Amigos? Se sorprendió preguntándose en lo profundo de su mente. Eran un grupo de personas con anhelos tan dispares, que ya no los reconocía como propios. Ya no los vivía con la intensidad que un verdadero amigo mereciera. Y eso hacia ya años que lo tenía carcomido. La culpa se apoderaba de su nterior, al mismo tiempo que el rechazo por su grupo.

No tenía respuestas a cómo debía comportarse. Permanecía callado, distante, fuera del grupo. Sintiendo un mar de emociones en su interior. Mar oscuro y tenebroso, mal oliente por un ambiente estancado y enrarecido. Todo esas emociones lo habían sumido en ese silencio ausente, instantes antes de que el chirrido de la loza y el tenedor le sacara de su ensimismamiento.

(imagen de la serie Los Soprano)

Cada vez que los veía sentía la alegría en el fondo de su corazón. Sentía como danzaba en su interior un baile de mariposas al sentirse en pertenencia al grupo. Abrazos, saludos, apretones de manos cariñosos y palmadas en el hombro sinceras. Una armonía que permanecía más en el deseo que en lo acontecido. 

Poco a poco la camaradería, la alegría por los años y experiencias compartidas, iban dando paso a la desilusión. A la desazón profunda que le provocaba sentirse ausente. Sentirse fuera de allí. A la comprobación fehaciente de que ya no pertenecía al clan. Al grupo. Los chicos iban hacia un lado y él hacia el otro. O quizás era él quien se marchaba por otros lares, mientras ellos permanecían en ese punto. No lo sabía, no tenía certezas, ni respuestas. Solo un enorme vacío en sus entrañas.

Los miro y observó. Una imagen en movimiento, sin sonido. Como si estuvieran lejos. Los miro uno a uno. Sus amigos. Un grupo de desconocidos que bailaban en torno a sus propios personajes. Un maremagno de egos danzando en torno a ídolos falsos. Y él allí en medio. Sólo, triste, con culpa y pesar, acercando a sus labios el siguiente bocado, que ni degustó, ni sintió, ni pudo prestar atención a su aroma, porque solo le llenaba el tremendo hueco que sentía en su interior.

SAMSARA