El Mar. SAMSARA

Las olas implacables, al llegar a la rocosa costa, rompían incesantemente. Sentía el rugir del mar cuando estallaba contra la rugosa y laberíntica textura de las rocas. El sonido, si no prestabas atención, era grave y monótono, como el de una tormenta lejana. Pero si prestabas atención plena un solo momento, cerrabas los ojos, y escuchabas con total entrega, se abría paso una infinidad de tonos increíble.

Nunca se había fijado en eso. Escuchaba un crepitar, al mismo tiempo que un bufar, era una exhalación, al mismo tiempo que una inspiración profunda. En un segundo plano un sonido mas agudo daba paso a un rugido áspero, era mágico. Los sonidos se sucedían en un va y ven infinito, lleno de matices, que la mantenían atrapada. Había quedado absolutamente sustraída a ese baile que, si escuchabas en detalle, componía una armonía deliciosa, creando una perfecta y sutil sinfonía, pero que si no lo hacías, sonaba como un maremágnum casi ensordecedor.

                                                                                                            foto cedida por "Imágenes del Alma"
                                                                                                                                          
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  El mar fregaba la rugosa textura, explotaba frente a la pared pétrea y pasaba rápido por encima de las losas marinas, formando pequeñas bañeras naturales de agua salada en los recovecos rocosos. Más allá y alrededor del punto en el que se encontraba sentada sobre el duro y frío suelo de piedra, todo era mar y movimiento que creaba remolinos, ondas, y espuma.

Le salpicaban infinitas gotas, vapor que le acariciaba el rostro, y sus brazos. Destacaba lo agitado del entorno, con la paz interna que ella sentía. Eso le creó una sensación como de incoherencia. Se preguntó el porqué de esa sensación. Una pregunta colgada en el vacío de su mente. Y aunque la respuesta no apareció, ni la esperaba, fue precisamente la falta de contestación lo que destacó y subrayó la paradoja que estaba sintiendo en su corazón.

Pensó que siempre se había asociado el agua a las emociones. Al menos eso decían. ¿Serian así sus sentimientos? ¿Un constante llegar de olas que morían en las rocas de sus pensamientos? Creando un sinfín de explosiones, rugidos. Miríada de gotas en movimiento tal y como en su interior había sentido, tantas veces, esa lucha entre lo que sientes y lo que razonas. Quizás esa analogía, le sugería que era momento de interiorizar. Era el momento adecuado, estaba sola, permanecía ella y la naturaleza brava, como uno de esos cuadros románticos, en los que el hombre se enfrenta en frágil soledad, a la desatada naturaleza.


¿Son mis emociones como la naturaleza en su máxima expresión? Si mis emociones son esta vasta extensión en forma de mar inagotable, entonces es sobre mi, es decir mi consciencia, contra los que el mar (mis emociones) acaba desvaneciéndose? Estas ideas le asaltaron en su mente. Difícil fue abstraerse a esos pensamientos, y aislarlos. Pero se prometió a si misma profundizar sobre la cuestión más tarde.

Permanecía sentada mientras cavilaba, y paseó la mirada sobre sus pies mojados por el mar. Pudo ver a unos centímetros de su pie, un cangrejo de un precioso color rojo coral, caminar de lado por la piedra húmeda. Le causó especial simpatía, y con curiosidad lo siguió con la mirada. Movió sus dedos ligeramente y el pequeño animal se quedó quieto. En alerta, supuso ella. Era muy gracioso verlo, pequeño, insignificante frente la enormidad del paisaje. Pequeño en tamaño, pero con un enorme universo al alcance de sus frágiles patitas. ¿Así somos nosotros en comparación con el cosmos? Pequeños, ¿con frágiles patitas? Tan simple ocurrencia la hizo sonreír, mientras cerraba los ojos y meneaba la cabeza, como desechando esa idea.

Súbitamente sintió ganas de escribir. Se acomodó lo mejor que pudo. Inspiró el penetrante olor a mar, húmedo y pegajoso, tan marcado en la memoria de su infancia. Sacó su querida libreta de tapas de caucho negro, al estilo Hemingway, con su cinta elástica para cerrarla, y se puso a la tarea de reflejar esos pensamientos.

Y escribió en inspirada, aunque también mundana analogía: "los sentimientos y mis emociones están y permanecen ahí, y llegan a mi ser en incesante sucesión, pero es mi voluntad desde la consciencia de mi pensamiento el que dominará ese constante fluir de emociones. No sin generar ruido y reacciones, y sin sentir la acción de esas emociones en mi Ser. Pero si presto atención a mis pensamientos, quizás pueda ser como una playa remota, donde las olas bañen la caliente arena, y no ofrecer así resistencia para disfrutar de la paz y la armonía. Si presto atención, quizás encuentre la sinfonía del mar en mi corazón".