El Encuentro. SAMSARA

       El crepitar de la hierba seca, que amarilleaba bajos sus pies desnudos, le hacia darse cuenta que estaba en contacto con la tierra. El aire fresco del atardecer le hacia sentir ligeros escalofríos de placer. Era uno de esos momentos sublimes, de máxima felicidad al disfrutar de esas ligeras sensaciones. Caminaba descalzo por el prado, con las manos en los bolsillos de sus tejanos. La camiseta blanca, húmeda por su propio sudor, la llevaba enrollada en el cuello, atrapada por las cinchas de su mochila. Sus zapatillas deportivas, de suela con tacos y ligeras, como las que usan los corredores habituales, las llevaba unidas por los cordones y colgadas de una mano.
  Sus pensamientos eran tan ligeros como su caminar. No estaba pensando en nada en particular, aunque su mente seguía activa, pero nada le hacia detenerse en un pensamiento u otro. 
Había decidido salir a dar un paseo por los campos de los alrededores de la pequeña población en la que vivía. Era una tarde preciosa, de esas que la temperatura es ideal, en la que no sientes frío ni calor. Ese camino lo había recorrido tantas y tantas veces, que generalmente lo hubiera vuelto a hacer prácticamente sin prestarle atención. Pero hoy era diferente. Hoy era un día sublime. Las sensaciones se acumulaban enriqueciendo cada instante, cada momento de su paseo. Solamente permanecía centrado en cada una de esas sensaciones, mientras seguía caminando, despacio, sin prisas. Una sensación de alegría irreprimible le recorría todo su cuerpo. Es como si estuviera unido a cada palmo de terreno que recorría. 
Algunos de los tallos que pisaba al caminar, se le clavaban en la planta de los pies, provocándole un pequeño dolor que se transformaba con el siguiente paso en una ligera corriente de placer. Respiraba hondo y profundamente, sintiendo la mezcla de olores de la tierra y la hierba calientes, de los pinos, los algarrobos y las encinas que lo rodeaban. Sentía el zumbido de un insecto o la ligera molestia de alguna mosca cuando persistía una y otra vez en posarse en su piel sudorosa, e incluso algún mosquito desagradable que insistía en llevarse su parte del líquido y rojo elixir, cual pequeño vampiro. Eran momentos mágicos. Seguía en su lento y agradable caminar, cuando de repente tuvo un inesperado encuentro. 
Frente a el estaba parado un pequeño bambi. Pensó en bambi, porque no tenía ni idea del tipo de ciervecillo que podría ser, puesto que él no era ningún entendido. Era de tamaño mediano, ligero con sus delgadas patas, el cuello largo y esbelto. Su pelo era corto, brillante y sedoso, de color ámbar oscuro. El animal lo miraba fijamente con sus grandes y oscuros ojos negros, pudo ver en su mirada la misma fascinación que él estaba sintiendo al permanecer ante tan delicado y grácil ser. El bambi, por así decirlo, ladeó su cabeza sin dejar de observarlo, le recordó a un perrito de esos tan inteligentes, por su gesto. En su testa se adivinaban dos pequeñas astas, ligeros cuernecillos graciosos. Su cuerpo era nervudo y musculoso, y bajo su piel resplandeciente se veía palpitar la vida, en forma de ligeros tics, y un rápido respirar en sus flancos. 
El animal lo seguía observando, quieto. Solo se diferenciaba de una estatua por los rápidos y nerviosos movimientos de sus orejas. Él también lo observó con una mezcla de curiosidad e interés. Era un momento de conexión entre dos especies desconocidas. Dos mundos absolutamente opuestos, el hombre civilizado parado frente a un animal que vivía salvaje su absoluta libertad. Sintió de repente un gran amor y afecto hacia ese animal, al mismo tiempo que veía en ése ser una mirada ausente de miedo pero llena de una inteligencia natural que lo sobrecogía. 
Sintió que el cervatillo, bambi, corzo, o lo que fuera, lo miraba con tierna inteligencia, como si fuera capaz de penetrar hasta el núcleo de su ser. Sintió la unión con lo mas profundo de la naturaleza, y se sintió que formaba parte del todo, de algo superior que lo sostenía y lo arropaba, que estaba allí envolviéndolo con sumo amor. Una consciencia superior, que estaba, había estado y estará siempre uniéndolo a él, a la naturaleza de su entorno y a ese pequeño e inteligente animal.
Después de un tiempo indefinido de intensas sensaciones, el animal picó con sus patas delanteras sobre el suelo, en nervioso gesto, al mismo tiempo que realizaba un juguetón salto hacia un lado con las patas traseras, flexionaba su ligero y fibrado cuerpo hacia delante, como si  lo estuviera invitando a jugar, y de un solo salto se desplazó un metro hacia atrás, para girarse en el aire un cuarto de vuelta y salir corriendo como una exhalación hacia el pequeño bosquecillo que había frente al perplejo caminante.
El animal desapareció con el mismo sigilo con el que había aparecido, y al irse, algo se llevó con él. Una sensación de vacío se apoderó del hombre, como si le hubieran arrancado algo de sus entrañas, como si desapareciera esa parte interior que nos une a la naturaleza. 
Se dio cuenta que tenía la boca abierta, colgando su mandíbula inferior en singular gesto de asombro. La cerró. Con una sonrisa. Aún conectado a la intensa sensación de unión con lo mas profundo de su naturaleza animal. Se sintió huérfano de su parte de ser vivo, y se hizo consciente, al echar de menos la intensa conexión que había sentido con el cervatillo, de que generalmente vivía desconectado de la naturaleza, de la tierra, de sus ancestros, y de los otros seres vivos de diferentes especies. 
Fue como una inspiración, por lo cual se dijo a si mismo, que a partir de ahora iba a tener un mayor contacto con el bosque, saldría a pasear más a menudo y no dejaría pasar tanto tiempo sin disfrutar de los maravillosos parques y caminos que existían cerca de su casa. Se comprometió a realizar más paseos por la montaña, por el campo, el mar y la naturaleza. El solo o con sus amigos, puesto que el intenso instante que había vivido, deseaba volver a sentirlo de nuevo.
       Inspiró profundamente el aire fresco sintiendo los profundos aromas del monte, tensó su cuerpo por unos instantes, y exhalo hasta vaciar sus pulmones mientras relajaba sus extremidades. Dio un paso hacia delante para seguir con su paseo, recordando con alegría y nostalgia, el intenso encuentro frente al precioso ser. 

SAMSARA