La Bolita. SAMSARA

Las llamas envolvían al tronco como si siguieran el ritmo de una melodia romántica, a veces lo abrazaban y a veces discurrían de arriba abajo formando una hipnótica danza que lo tenían absorto en sus pensamientos vacíos. 

El crepitar y las pequeñas chispas que se elevaban aquí y allá a lo largo del hogar de fuego lo sumergían en una especie de modorra cautivadora a la que se había sometido sin ofrecer resistencia, dejando sus pensamientos a un lado y centrándose en sus sentidos y las percepciones que desde ellos le llegaban.

Junto al chisporroteo de las llamas sobre la madera seca, se escuchaba a veces un ligero silbido al escaparse el aire desde el interior de los troncos, el olor del humo le evocaba momentos de su niñez, cuando su padre encendía el hogar allá en la casita de campo familiar a la que acudían los fines de semana. 

El olor del fuego tenia esa cualidad que le llevaba a tiempos pasados, milenarios y tribales. El calor que sentía en su cara era rojizo, intenso, tenía esa cualidad amorosa que le transportaba al mimo materno, a la caricia cálida que todo niño reclama para sí. La piel se le secaba al permanecer tan cerca del fuego, se le enrojecía, y le picaba frente a ese calor extremo. Tuvo que acomodarse y alejarse un poco.

Bebió un sorbo del té que se había preparado, precisamente poniendo una tetera de hierro forjado sobre las brasas. Sintió el aroma del té caliente al acercar su taza a su boca, y se mezcló con el olor del fuego, la madera ardiente, las ascuas y el humo. Era una combinación intensa de aromas, a los que se sumó el sabor del cardamomo, la canela y el gengibre. Bebió, degustando la infusión especiada. 

Sus sentidos se estaban llenando, y una sensación de placida felicidad le embargó en ese instante. Definitivamente la modorra lo venció, se quedó ausente un tiempo indefinido, dejándose acurrucar por el calor, el aroma intenso de las especies, el sonido arrullador del fuego. De repente un sonido agudo lo sacó de su letargo. No supo cuánto tiempo quedo con la mente en blanco, pero si fue consciente de lo placentero del momento. 

No tuvo que girarse a ver que sucedía, pues supo enseguida cuál fue el origen del sonido que lo transportó al momento presente. Fue un sonido como de campanillas repiqueteando. Rápidamente dedujo que era una de las bolitas del árbol de Navidad que había a su derecha. Esa bolita ya había caído antes porque el hilo que la ataba a la ramita del abeto, que él y su mujer habían decorado con tanto cariño y esmero, estaba defectuosa.

Al fin, se desperezó, estiro sus brazos y se levantó. La cara le ardía y tenía ahora demasiado calor. Resopló para liberar algo del calor interno que sentía y buscó con la mirada la bolita rebelde. Ahí estaba, reluciente a pocos pasos suyos, refulgiendo por el reflejo de la luz de las bombillas navideñas y por el reflejo de las llamas del hogar.

La recogió con cuidado y se dispuso a devolverla de nuevo al árbol navideño de la que se había caido. Mientras hacía de nuevo un pequeño nudo y sonreía para sus adentros, feliz por disfrutar de ese momento.

SAMSARA

El abrazo. SAMSARA

Su lengua rosada, caliente y viscosa caía a un lado de sus puntiagudos dientes, y sus ojos alocados la miraban con insistencia. No pestañeaba ni un instante mientras posaba toda la atención de su mirada en su cara. Jadeaba intensamente soltando pequeñas gotitas de saliva por su bocaza, y ella podía sentir el ligero olor a comida que despedía su tibio aliento.

La encontró tumbada en el sofá, se había quedado dormida y él la despertó dándole golpecitos con el morro. Había llegado su hora, y él la reclamaba obstinadamente. Por lo visto no podía esperar ni un minuto más y se avalanzó sobre ella y empezó a lamerle la cara, mientras meneaba la cola con desespero y obstinación. El rabo iba dando golpes desde la mesita de centro a la base del sofá. Tap, tap, tap...

Es como si todo su perruno cuerpo le insistiera: —¡Vamos a la calle! ¡Vamos, que es tarde!—. Ella se desperezó y empezó a acariciarle esa cabezota tan suya. Sintió su pelaje hirsuto y duro al tacto en la cabeza que se hacía más suave a medida que la mano descendía por el cuello y el lomo. El color canela de su pelaje brillaba limpio y cuidado. Ella sentía un profundo amor por ese perro. Antes de su llegada, cuando era un cachorro, jamás se hubiese podido imaginar que un animal pudiera ser tan querido, sin embargo ahora lo consideraba parte de la familia. Su pequeña familia: ella y su inseparable perro.

Lo cogió por los carrillos y le levantó los belfos. Le apretó el morro con sus blancos y largos dedos. Le quedó una mueca dibujada. Los dientes largos le sobresalían formando una sonrisa grotesca y animalesca (nunca mejor dicho). Los ojos le seguían insistiendo, mientras se deshacía del apretón que ella le estaba imprimiendo. Le chupó la mano, mientras intentaba también lamerle de nuevo la cara. Y a ella le entraron ganas de reír. La hacia muy feliz tenerlo allí, haciéndole siempre compañía, la tarde de ese sábado de otoño. Lo abrazó y estrujó, mientras le susurraba palabras cariñosas y juguetonas.

Él se zafó de nuevo del abrazo, y se impulsó hacia atrás, invitándola a seguirlo. Empezó a dar ansiosas vueltas sobre sí mismo, para invitarla a levantarse. Finalmente ella hizo el gesto de alzarse y el animal salió disparado hacia el final del pasillo, indicándole, de ese modo tan peculiar y característico, el camino hacia la calle.

Ella rió de buena gana, puesto que siempre se repetía la misma escena, de forma cotidiana. Inspiró una bocanada de aire, y la exhaló ruidosamente mientras se desperezaba alzando los brazos por encima de su cabeza y torsionando el cuerpo hacia atrás. —Está bien, cabezota peludo—, refunfuñó ella mientras se dirigía a su vestidor a calzarse y abrigarse para salir a la calle, esa fresca tarde de otoño. —¡Ya voy!- rezongó sonriendo para sus adentros mientras se guardaba las llaves en un bolsillo y cogía la correa de paseo.

El animal ya no podía esperar más y se impulsó cuan largo era poniendo las patas sobre el pecho de ella. Casi la tira al suelo. Tuvo que flexionar sus rodillas para no caer, quedando finalmente abrazados ambos. Animal y ser humano, fundidos en un abrazo intenso lleno de alegría y espontaneidad. Ella sentía resbalar entre sus dedos el caliente y suave pelaje perruno, sentía el olor característico del animal y el frenético bamboleo de su cola, que hacia zimbrear todo su cuerpo. De nuevo una súbita sensación de alegría, gratitud y amor le sobrevino desde el fondo de su alma. Lo sintió y se emocionó, lo abrazó con más fuerza, mientras el muy animal, se escurría de nuevo, en dirección a la puerta. —¡Vamos! ¡Vamos! ¡A la calle!- le dijo él. 

Ella lo escuchó perfectamente, se sobrepuso y lo siguió, con una dulce sonrisa en su boca.


SÁMSARA

El Ruidito. SÁMSARA

Había un ruidito persistente. No obedecía una pauta concreta. Parecía más bien que su ritmo era aleatorio, o al manos él no había encontrado un patrón concreto.

Estaba recostado tranquilamente en el sofá donde le gustaba sentarse a leer de vez en cuando. El ligero e insistente repiqueteo lo había distraído de su lectura, y lo llevó a mantenerse alerta a la escucha. Por eso, cerró el libro, y permaneció atento.

Hacía poco que había dejado de llover, era una mañana de finales del verano, un día festivo, y parecía que el sol se abría paso entre las nubes y entraba tímidamente por la ventana a través de la persiana veneciana.

El curioso ruidito lo producían las gotas al caer al suelo desde el tejado. Quizá era por eso que sonaban de un modo difícil de predecir, puesto que eran distintos sonidos, aunados y amortiguados por la separación que creaban los cristales y los anchos muros de la casa.

Estaba en ese momento mágico, en el que no tienes pensamientos conscientes, lo que cualquier otra persona llamaría "embobado". —Pero no caigas en la trampa, querido lector— él no estaba abstraído ni disperso, sino absolutamente concentrado, totalmente atento a los sonidos que, de repente, empezaban a tomar relieve adquiriendo una intensidad hasta ahora desconocida.

Dejó paulatinamente de escuchar el tintineo de las últimas gotas de la lluvia que se escurrían por el tejado, y empezó a escuchar un gruñido en su interior, a la altura de las tripas. Quizás tenía hambre, o estaba haciendo aún la digestión. No importaba, su atención estaba siendo absorvida por la observación de sus propios sonidos. Curiosamente empezó a sentir una emoción profunda al hacerse consciente de su sonido interior.

Sintió un zumbido en sus oídos, o ¿era un silbido? Sonaba continuado, por encima y más allá del rugido de su estomago. Era prácticamente inaudible, pero ahora a él le pareciera que sonara con una fuerte intensidad. Como si sólo pudiera oír esos sonidos. Empezó a maravillarse.

Escuchó el bombeo de su corazón. Dudum... dudum... casi se sobresaltó. Sintió el fluir de la sangre a través de las arterias de su cuello, imaginó el rojo elemento discurrir en rítmicos impulsos a través de su carótida. Le vino a la mente esos documentales de las tardes dominicales.

Estaba fascinado, casi asustado, del universo que era capaz de construir con solo prestar atención al sonido de su interior. Ahora se generaba una sinfonía de fluidos, fricciones, percusiones, sordinas, que le transportaban a un mundo dentro de otro macromundo. Un mundo de intenso palpitar que se generaba al prestar atención a su interior.

Escuchó otros sonidos a lo lejos, como en la distancia, alguno le parecieron cotidianos, como el runrún de la nevera, o unos críos en la calle, la puerta del garaje del vecino, pero se escuchaban lejos, como en otro lugar, pues él solo tenía focalizada su atención hacia los sonidos que escuchaba dentro de si. Era realmente revelador, era mágico.

El aire friccionaba desde sus pulmones hacia los orificios nasales al salir, y entraba con fuerza generando otro matiz en el soplido. La humedad y el frescor en el ambiente habían congestionado sus mucosas, y un ligero gorgoteo aparecía al inspirar. Se sintió maravillado mientras escuchaba el ligero ruido que hacía su cabello cuando apoyó su cabeza sobre el respaldo del sofá, era un ligero chisporroteo. Quedó fascinado por lo simple, delicado e íntimo.

Un mundo nuevo se construía cuando invertía intencionadamente la polaridad de su observación, al balancear la atención de sus sentidos desde el exterior hacia el interior, y a medida que ejercía ese mágico giro aparecía ante si un universo desconocido y fascinante por lo simple, cercano y al alcance que lo había tenido siempre. A la corta distancia de un simple vuelco en la escucha. De un simple giro en la observación.

Así, descubrió el sonido de su interior.

SÁMSARA

El Autobús. SAMSARA

Notaba cómo el sudor le caía por su espalda, sintió cómo una gota le resbalaba por la piel bajo la camisa y se deslizaba haciéndole cosquillas. Su frente estaba perlada de sudor, pues hacía mucho calor y humedad. Estaba esperando en la parada del autobús, en un mediodía bochornoso, y hacía un buen rato que lo esperaba con inquietud, y aunque sabía que no tardaría, pero se inquietaba por la incomodidad de la espera.

Se dio cuenta de que su pie mostraba su nerviosismo dando pequeños golpecitos en la acera, sobre el gris y caliente pavimento bajo la marquesina de la parada de autobús. Mientras se observaba a sí mismo perdió un poco la noción del tiempo, pero se alegró enseguida de oír el rugir característico del autobús al subir la ardiente cuesta.


—¡Al fin!—dijo para si. Sus pupilas se dilataron de entusiasmo al ver cómo el vehículo metropolitano pintado del rojo característico se acercaba hacia la posición donde él permanecía. Llegó dando un resoplido, mientras abría las puertas suspirando antes de detenerse frente a la parada. Frente a él se abrieron las delanteras, mientras de reojo veía las centrales y traseras también abrirse. Unos chicos jóvenes saltaron entre jolgorios y risas, antes de que el chófer detuviera el vehículo.


Iba a subir el primero, pero cedió el paso a una mujer mayor que él. Lo hizo por cortesía, sin saber muy bien porqué. Subió tras ella, y validó el billete sin prestar atención a un hecho tan cotidiano.

Enseguida sintió las vibraciones bajos sus pies, y la inercia que lo impulsó hacia atrás ligeramente, indicador de que el autobús reanudaba su marcha. Advirtió, de repente, que dentro del autobús hacía frío. Prestó atención al contraste de temperaturas mientas el conductor iba ganando velocidad en su repetitivo y habitual trayecto.

El calor pegajoso que había sentido hacía unos instantes, mientras esperaba en la calle, ese sudor, que sentía en su acalorado cuerpo, ahora se convertía en un frío húmedo. Sintió cómo ese frío se iba apoderando de su garganta, sintió cómo un nudo se formaba tal si le aplastaran con una fría pelota de piedra en el cuello.

Sometido a esos contrastes no tuvo más remedio que sentir. Observar cómo su cuerpo respondía al brusco cambio de temperaturas. Sintió como se encogían sus hombros bajo la delicada camisa de vestir, que no le ofrecía protección contra el fuerte aire acondicionado. Sintió como los pantalones le iban holgados, y sus pies dentro de sus zapatos bailaban ligeramente. —Es como si se hubieran encogido.— Prestó atención a cómo su piel reaccionaba al frío.

El cuello empezaba a dolerle, y aún quedaban unas cuantas paradas antes de llegar a su destino. Tomó la resolución de quejarse al chófer y, un poco airado, se dirigió en tres zancadas hacia el espacio de la cabina. Se plantó allí y se quejó al hombre sobre lo fuerte que estaba el aire acondicionado en el autobús. El chófer lo miró de arriba a bajo, mientras manejaba la palanca automática de cambios. Se encogió de hombros y elevó su labio inferior en una mueca de impotencia, o de indiferencia. Como lamentando la situación, pero sin intención de ponerle solución.

Y él sintió, de repente, cómo de nuevo su temperatura subía. Una sensación le creció desde las entrañas, sintió que un profundo enojo se apoderaba de su voluntad, y sintió nuevamente, casi como si de una broma se tratara, que el calor le ruborizaba y congestionaba la cara, el sudor le caía por su espalda, sintió cómo una gota le resbalaba por la piel bajo la camisa y se deslizaba haciéndole cosquillas. Su frente estaba perlada de sudor, pues hacía mucho calor y ahora, además, estaba enfadado...

SAMSARA

El Desayuno. SAMSARA

Él estaba absorto en sus pensamientos, valorando distintas opciones que se le presentaban ante sí. Estaba en un momento en que debía tomar decisiones importantes en su vida y en su negocio. Del paso que diera y de la decisión que tomará dependía parte de su futuro inmediato, y eso lo preocupaba. No tenía muy claro hacia que dirección debía dar sus pasos, y esa circunstancia lo tenía ensimismado mientras se llevaba una taza caliente a sus labios.

-Entonces Esther me dijo que Fernando, el del departamento de logística, le había tirado por tierra todo su trabajo. Ese tío es un déspota, siempre les hace lo mismo a las chicas de la oficina-. Ella le estaba explicando algo de forma acalorada, vehemente, era algo que había ocurrido el día anterior en su trabajo. Su relato le sorprendió, apareciendo, de repente, más allá de sus pensamientos. En ese momento se sintió culpable porque no le estaba prestando atención.

Asintió de forma automática, intentando disimular que no se había enterado de la mitad de su parloteo. Él la fue interrumpiendo con algunas preguntas, intentando buscar en sus respuestas el hilo de la conversación que había perdido. No se atrevió a decirle que no la estaba escuchando.

Élla se extrañó de que le hiciera esas preguntas, puesto que hacía un buen rato que le estaba explicando sobre su amiga Esther y lo que le pasaba en el trabajo, pero le respondió con paciencia, pues ya estaba acostumbrada a que él hiciera esas cosas.

Estaban en la terraza de su casa, desde la que se veía el mar, allá a lo lejos, aprovechando la buena temperatura del verano, y desayunando tostadas de pan con queso fresco y mermelada. Era uno de los mejores momentos del día, pues podían compartir unos minutos de relax antes de empezar su jornada laboral, disfrutaban de ese momento íntimo, de unidad, en el que se explicaban cosas relevantes para ellos, y que les daba fuerzas y ánimo para empezar su cotidianidad.

Ante el remordimiento por la culpabilidad por no haberle prestado toda la atención que se merecía, él había logrado reconducir la situación de forma airosa, ahora seguía lo que ella le explicaba absolutamente conectado, plenamente pendiente de ella y dándole su parecer en algunos momentos en que ella le dejaba espacio para ello.

Se mezclaba el aroma del café, con los cítricos del zumo de frutas licuadas. Cada día disfrutaban de ese momento que tanto los unía. Se creó un instante de silencio, como tantas veces, y pudo degustar el intenso sabor del café americano que se estaba tomando. El contacto caliente del líquido en sus labios, seguido del sabor que le inundaba el interior de su boca, donde se expandía el sabor en toda su voluptuosidad, para notar como bajaba por su garganta el ardiente café. Siempre se sorprendía. -¡Por dios, que bueno!- exclamó. Se lo dijo a ella, con cotidiana naturalidad, mientras elevaba la mirada en expresión de sumo placer.

Ella le sonrió, mientras lo miraba, confirmando con una sonrisa cómplice lo que él estaba sintiendo. Ella mordisqueo la punta de su biscotte, deleitándose igualmente de ese acto tan sencillo. La tostada estaba atiborrada de queso fresco, una variedad de requesón, y por encima había dispuesto unas cucharaditas de mermelada de frambuesa de calidad ecológica. También elevó la mirada, mientras fruncía los labios, en una mueca de placer exagerado. Un gemido de gusto y complacencia salió de su garganta, a pesar de mantener la boca cerrada mientras degustaba su sencillo manjar.

Ambos estaban disfrutando de ese momento tan suyo, tan ordinario, tan mágico. Sorbían el zumo de frutas naturales, recién licuadas. Naranjas, zanahorias, melón, fresas, melocotones. De color anaranjado intenso, tirando a rojo coral, el jugo estaba buenísimo. Al sorberlo por el interior de los labios, la boca semiabierta, podían oler su aroma ácido mientras el líquido llenaba sus bocas. Sabor que colmaba sus papilas hasta su máxima intensidad, frescor natural que dejaban pasar por su garganta en un acto casi obsceno de placer. En ese momento no había espacio para más, ni para el pensamiento, ni para las preocupaciones.

Cuando ya estaban acabando de desayunar, cuando las sensaciones se desvanecían, entonces dejaban paso al resto del día y ese instante marcaba, con su extinción, el momento de retomar las preocupaciones: las estrategias comerciales del negocio de él, o el día a día de las relaciones laborales de ella. Siguieron charlando durante unos pocos minutos más de aquellas cosas que les inquietaban, aquello que preveían podía ser su jornada, como preludio que anunciaba su inminente vuelta al trabajo ordinario. Poco a poco la magia del momento se fue diluyendo, dejando paso a la vida, o a otros aspectos de ella, no tan sublimes, no tan mágicos.

Volverían a verse al atardecer, antes de la cena, y volverían a compartir.

SAMSARA

El mirador. SAMSARA

La ciudad se extendía al fondo y abarcaba toda su vista cuando miraba al frente. La mirada podía perderse por el tejido del tapiz que formaban los edificios y calles, avenidas y parques, como si de una enorme trama y urdimbre se tratara. Se entretenía su mirada allá al fondo. Vastamente, interminable. Tapiz infinito de tonos grisáceos, y azules, multicolor un tanto apagados por la bruma del horizonte, pero llenos de vitalidad y movimientos. La ciudad a sus pies.



Una valla metálica sencilla, corroída la pintura, descascarillado el esmalte, por el paso del tiempo y la intemperie, era lo único que la separaba del abismo. Allí estaba, con su cabello moreno al viento, su barbilla elevada, los ojos semicerrados, aspirando el aire y llenando su abdomen con una inspiración profunda, que provocó un suspiro largo y liberador.

Sus ojos recorrían el multicolor espacio de derecha a izquierda, perdiéndose en los detalles que a pesar de la lejanía era capaz de captar. Ahora un popular rótulo luminoso, seguido de un edificio singular. Iba reconstruyendo en su mente la tan conocida ciudad de su vida, donde siempre había vivido, una gran capital. Los recuerdos de su vida la estremecían mientras sentía como su ser se vivificaba. Estaba impresionada. Estaba consciente de sus emociones, del sentir que le provocaba mirar, desde allá en la distancia, el lugar donde había crecido.

Se hallaba en un mirador, paralelo a la poco concurrida carretera secundaria, salida trasera de su ciudad, antaño muy concurrida, hoy casi en desuso. El caso es que actualmente la ciudad disponía de infraestructuras más modernas, vías de comunicación rápidas, por donde el tráfico rodado entraba y salía de esa gran urbe.

En esa carretera ahora podía verse alguna persona como ella, en actitud melancólica, o pensativa, observando la ciudad, o alguna pareja de jóvenes enamorados que buscaban un lugar tranquilo donde dar rienda suelta a la pasión nueva, casi prohibida.

Un mar de emociones le venían al presente, se le mostraban vívidos mientras paseaba la vista por esa alfombra tejida por ríos de asfalto, luces de semáforo, de vehículos circulantes, construcciones de un Lego gigante que a media tarde intensificaban su febril actividad, pues pronto las oficinas irían, poco a poco cerrando, escupiendo a sus trajeados empleados, que afanosos y adormecidos, irían pronto retornando a sus hogares, a vivir su vida pequeña.

Esa tarde ella había querido sentirse sola, respetarse a sí misma haciendo algo que le llamaba la atención desde hacía tiempo, y decidió concederse ese paseo, para ver, sentir, y emocionarse mientras se alejaba del centro de su vida, como si de un ejercicio sutil, sublime, se tratara. Para observarse desde lejos, su vida desde la distancia, como si de un observador ajeno se tratara, como si fuese un observador apartado y lejano de sí misma.

Y lo sintió. Sintió la lejanía, el cambio de perspectiva. Sintió como al observar su ciudad desde la distancia era como observar su vida desde la lejanía. Sin la carga del presente, sin la presión del futuro ni el pesar de su pasado. Era tal como si ella misma se estuviera viendo allí dentro del damero de hormigón, asfalto y luces, pero al no saberse allí dentro, su vida se expandiera. Si hubiera tenido que expresar en ese momento lo que le emocionaba, no hubiese tenido palabras, puesto que era una sensación de integración, lucidez e individualidad al mismo tiempo. Ella, en el todo. Su consciencia en el universo. Unión de lo único con la diversidad.

Volvió a suspirar largamente, mientras el viento le llevaba los cabellos a la cara y volvía a llenar los pulmones, de un aire de repente más limpio, más enérgico, más lleno de vida.

SAMSARA

El automovil. SAMSARA

          Al cerrar la puerta se hizo el vacío. Siempre le sucedía lo mismo, era como si de repente todo ocurriera en otro nivel de percepción. Suspiró profundamente mientras metía las llaves en la cerradura del arranque del salpicadero. Lo hizo de un modo mecánico, como siempre lo hacía, de manera inconsciente. Pero, esa mañana, sin saber porqué y, de repente, se hizo al cargo. Había entrado en su vehículo cientos de veces, y lo hacía de un modo desapasionado y rutinario, sin prestar atención y habituado a sensaciones ya adormecidas por la repetición del antiguo hábito. Pero esta vez, prestó atención, sin saber exactamente qué lo habia inducido a ello. Inspiró el aire encerrado profundamente, sintiendo el olor de la tapicería, tan familiar, el olor de los plásticos que conformaban el habitáculo. Aunque el coche ya tenía unos años, aún no había perdido su característico olor. Eso le sorprendió y se fijó que estaba recordando el día en que lo estrenó. Se vio así mismo, lo feliz que fué los primeros días con su auto nuevo, ultimo modelo. Pensó en la importancia de los olores, podría decirse que permanecen en la memoria incluso cuando no les prestas atención.

          Decidió que hoy sería un día diferente, hoy iba a permanecer atento a su conducción. Se le antojó un experimento curioso, quizás divertido. Llevó la mano derecha al pomo de la palanca de cambios y sintió en sus dedos el tacto suave, y cálido de la piel, un tanto pegajoso. Puso la marcha un instante después de empujar el pedal del embrague con su pie izquierdo. Sintiò la tensión de su pierna al realizar ese pequeño y ligero gesto y escuchó el tamizado sonido de la marcha al entrar suavemente en la caja de cambios. Al tiempo que liberaba el pedal del embrague, presionaba el pedal del acelerador. ¡Que sensación! Lo había hecho tantas y tantas veces, que no se había fijado en lo mágico que resultaba. El vehículo se estaba moviendo, y se deslizaba. Se dió cuenta que instintivamente sus pies volvían a bailar junto con su mano derecha para volver a engranar la segunda marcha, y volvió a sentir como el coche liberaba la tensión acumulada aumentando su velocidad en el suave deslizar por la carretera. Era como si infinitas fuerzas potenciales se pusieran ahora en armonía sutil. Jamás podía haberse imaginado que la conducción fuera una danza tan profunda.
          ¿Cómo había llegado a eso?, se preguntó mientras a su mente afloraban los recuerdos abotorgados de sus primeros días de conductor, donde sentía esa ligera ansiedad de estar manejando esa estructura de metal y caucho con un potencial dinámico inexplorado. Dejó de lado la experiencia de los cambios de marchas para centrarse en la sensación de conducción. Sus manos, y pies, su vista y oídos permanecían atentos de forma inconsciente mientras él iba evolucionando con su auto por la despejada carretera secundaria. Sintiò como su mirada barría con efectiva clarividencia todo lo que había en su entorno, era capaz de observar detalles que ni siquiera podía imaginar, su vista iba del margen de la carretera, el entorno, la propia calzada, se concentraba en la lejanía, volvía al espejo retrovisor, a los indicadores de velocidad y de nuevo a la calzada. Incluso tuvo tiempo de admirar el vuelo de un ave allá en el cielo mientras dedujo que los campos que se extendían allá en el horizonte eran a la derecha de amapolas y girasoles a la izquierda. Se sorprendió que pudiera percibir tantos detalles a la vez mientras conducía su vehículo. Se maravilló de cuantas cosas se perdía por no estar concentrado en sus percepciones cada vez que subía al coche.
          Sintió la vibración en todo su cuerpo, la sensación cinética de deslizarse a través del basto espacio. Los ruidos sordos de los neumáticos y el motor, y el crujir del interior. No pensar en otra cosa que no fuera los eventos que ocurrían en la conducción le estaban llevando a una dimensión para él desconocida. Se acordó en ese instante de un famoso anuncio de marcas de coches, por lo que bajó la ventanilla y sacó la mano por fuera, dejando jugar su mano desnuda y su camisa arremangada en el
antebrazo, con el viento que creaba el propio avance del vehículo. Sintió profundamente la emoción y el placer, si dejaba la mano muerta el viento la impulsaba hacia atrás, si alisaba la palma de la mano contra el viento sentía su resistencia y si abría los dedos notaba como el viento fresco jugaba entre sus largos dedos. Fue un trayecto apasionante, en que no se perdió en pensamientos cotidianos sin sentido, sino que disfrutó enormemente de las sensaciones que algo tan cotidiano como conducir, podían causarle. Se sorprendió gratamente y se prometió a sí mismo volver a repetir. Permanecer en presencia, observar cómo su brazos, piernas y sentidos, eran capaces de ejecutar tan armónicamente un acto tan reflejo como la conducción le pareció maravilloso. Es en lo cotidiano, es en lo pequeño, donde más puedes sentir lo maravilloso de las percepciones. Se prometió a sí mismo volver a realizar aquel pequeño juego, aquella ligera experiencia, ese momento de sentir profundamente algo tan aparentemente banal.

SAMSARA

El pie descalzo. SAMSARA

     Con cada paso se le clavaban en sus pies descalzos millones de agujas. Era como si diminutos cristales penetraran su piel y su carne y le atravesaran provocándole un calambre que le recorría desde los pies hasta su médula espinal. El agua estaba fría como el hielo, y sentía que sus dedos estaban ya entumecidos. Además las plantas de sus pies las notaba tensas, como a punto de romperse, de lacerarse. Pero era solo una sensación, porque sabía que nada de eso iba a ocurrir.

     Sus huellas quedaban marcadas a lo largo de la desierta playa, a veces borradas por las propias olas que iban barriendo la estela que iba dejando al caminar, como si fuera el camino de toda una vida, que a veces por el infortunio también era borrado y olvidado por alguna ola purificadora.

     Era muy temprano, pero el sol empezaba a calentarle tímidamente la parte posterior del cuello, los hombros y la espalda. Caminaba sintiendo profundamente cada uno de sus pasos, con la atención puesta solamente en ese mágico momento. Había salido pronto de casa en un día normal de entre semana, mientras su pareja seguía durmiendo, al abrigo del caluroso edredón. Era ese momento del año en que si te abrigas mucho sudas, y si te quitas ropa pasas frío.

     El rugir del mar y las olas era suave y dejaba escuchar el sonido de las aves marinas. Una golondrina de mar chillaba a sus espaldas, con voz aguda, como si se estuviera riendo, mientras pasaba veloz a ras de mar, entre las olas. No era la única persona que había madrugado, pues pudo ver algún esforzado corredor a pocos metros en el paseo marítimo. Aunque a ninguno se le había ocurrido la "locura" de meter sus pies en el agua en esa mañana, fría aún, de primavera.

     Su calzado deportivo iba dándole golpecitos en las caderas, pues las había atado por los cordones y las llevaba colgando a modo de bandolera sobre uno de sus hombros. Los pantalones de algodón los llevaba arremangados por la pernera. Como los pescadores. Aunque estaban ya empapados hasta las rodillas, puesto que era imposible no mojarse. Sus pies se hundían sobre la arena mojada y cuando los levantaba en el siguiente paso salpicaba agua y arena sobre sus propias piernas.

     Le encantó la experiencia, que no había planificado con anterioridad, y se dijo para sus adentros, que volvería a repetirlo. Sentía la soledad del momento, las sensaciones que le proporciona el momento presente. La ausencia de pensamientos que le proporcionaba sentir el ligero pero penetrante dolor de sus pies. La frialdad del agua en contraste con el calor que su cuerpo empezaba a sentir. La audacia, aunque pareciera baladí, de vivir esa experiencia en un día normal de una vida normal, lo había convertido en algo extraordinario.

     Se paró, cerró los ojos, sintió el dolor. Lo inspiró, tomando el aire desde su abdomen, y lo exhaló largamente, con un suspiro lento, mientras abría los brazos a la vida, a los sentidos, a la consciencia absoluta de formar parte de ese instante vivido, y que sabia no iba a poder perpetuar. Así lo sintió y así lo grabo en sus memorias, sanando con seguridad muchos momentos no tan presentes. Muchas instantes que nunca jamás volverán a ocurrir.

     Abrió los ojos, feliz por saber, que a pesar de ello, aún tenía otra infinidad de experiencias que vivir, infinidad de sensaciones que sentir. Y siguió caminando por la fría orilla del mar, por la efervescente rompiente de las olas de primavera...

SAMSARA

El Rompeolas. SAMSARA

Permanecía sentado encima de la amplia piedra. Sentía la dureza de la superficie fría al contacto de su trasero, y el frescor le hacía sentir vivo. Además, contrastaba con el calor del ambiente. El sol estaba en todo lo alto del cielo, el cual brillaba intensamente azul, en un precioso día de primavera. Ahí estaba él, sobre una gran roca del espigón del puerto. Rodeado de otras grandes losas similares a la que había elegido para tumbarse. Las grandes rocas dispuestas en hilera, hacían de dique y dejaban en calma y al abrigo las aguas internas del puerto, protegiéndolas de los embates del mar abierto.

Se le había ocurrido la idea hacía poco rato. Hacia una hora aproximadamente. Decidió bajar al puerto de su localidad, con un libro en la mano para disfrutar unos minutos de un precioso día. La verdad es que ahí, expuesto a la intemperie sobre las enormes losas del puerto, hacía más frío del que se imaginaba mientras caminaba sobre el asfalto cuando se dirigía al rompeolas. La brisa marina soplaba más fresca ahí, al borde del mar, que en el interior del pueblo, a solo pocos metros. Por lo que la ropa que llevaba era insuficiente para abrigarse. Por suerte el sol calentaba, y pronto se habituó. 

¡Que sensación maravillosa! Exhaló el aire en un prolongado suspiro, dejando ir las emociones del día, mientras se tumbaba recostándose hacia atrás, con las manos entrelazadas en la nuca, a modo de cojín. Había dejado a un costado el libro que había llevado para leer un rato. Cerró los ojos, al tiempo que inspiraba el aire húmedo con el característico olor a salitre y a mar. Sentía el contraste del frío sobre su espalda, que le subía a través de la ropa desde la losa, con el calor del sol sobre su pecho, que le irradiaba como si fuera una manta térmica invisible. Se estremeció de un ligero placer, recorriéndole un escalofrío desde fuera de su piel hasta el núcleo de sus entrañas. 

Sentía ese momento profundamente mientras escuchaba hipnotizado el batir de las suaves olas sobre las piedras. Rítmicamente. En infinita constancia. En inagotable batir. -Tal y como la vida es desde el inicio de los tiempos-, pensó. Universo eterno, permaneciendo en movimiento constante, inalterable, por encima y a pesar de quién por unos instantes halla reparado en ello, como él en este preciso momento.

Pasaron unos minutos, no sabría cuantos, puesto que se adormiló. Esa sensación como que no estás ni despierto ni dormido. Quizás estás en ese límite entre la vigilia y el sueño. Se movió ligeramente, sintiendo la incomodidad de la dura e irregular superficie, y notó como algo se deslizaba por la losa con una fricción ligera. Abrió los ojos sobresaltado, y vio escurrirse su libro, hacia abajo por una grieta entre las grandes piedras. Al quedarse adormilado, posiblemente el libro le había ido cayendo sin poder hacer nada por evitarlo.

-¡Vaya!- Exclamó, mientras se tensaba. -¡Con lo bien que estaba hace unos segundos!- En cualquier otro momento hubiera exclamado alguna maldición y echado pestes por su mala fortuna. Pero sin saber muy bien porqué, se quedó mirando desde arriba, con su cuerpo medio girado sobre la roca apoyado sobre un codo y con cara divertida, dejando ir un largo y pausado suspiro. Dejó el momento de improvisada meditación, y en seguida, desde su atalaya, empezó a activar su mente para ver cómo podía recuperar su libro. 

SAMSARA


La Cocina. SAMSARA

     Se movía rápidamente de un lado a otro, aunque en todo momento sabía lo que estaba haciendo, mientras canturreaba una canción. Cortaba los ingredientes sin vacilar, con un buen cuchillo, y los lanzaba sobre la chisporroteante cazuela con alegría y desenfado, como si no tuviera mayor transcendencia. Aparentemente. Porque un observador se daría cuenta enseguida de que estaba absolutamente concentrado. 
     Miraba a sus amigos con picardía, mientras charlaba de esto o de lo otro, pero podría asegurarse que no hacía nada en su cocina, que no fuese fruto de la inspiración. Ahora cogía esto, lo cortaba, ahora cogía lo otro, lo troceaba, y respirando profundamente los iba mezclando con gracia y arte. 
     Un aroma untuoso se elevaba desde los fogones, era una aroma profundo, que te incitaba a permanecer absorto, a observar la escena con la ilusión y la curiosidad de esperar cual sería el próximo movimiento, y como lo realizaría. 
     Él estaba completamente abierto a las respuestas que surgían desde su interior. Es como si cocinara desde el alma, ahora giraba sobre sí mismo, ahora cortaba unas alcachofas, ahora troceaba unos tomates, mientras seguía canturreando. 
     Fluía constantemente, y veías como se preguntaba a sí mismo, cerrando los ojos mientras con su dedo índice se tocaba los labios, en actitud reflexiva. De repente abría los ojos, y se lanzaba sobre la despensa o sobre sus cajones. Había escuchado su respuesta. Abría el cajón de las especias, tocaba cada uno de los tarros, hasta que sus dedos se cerraban sobre uno de ellos. Su cuerpo hablaba, no su mente. Sus sensaciones le dictaban la cantidad, los ingredientes e incluso hasta las vueltas que daba a su cuchara de madera sobre la cazuela.
     En otro de los fogones se estaba cociendo algo más, él lo apagó con diligencia y dejar reposar el contenido sobre los mármoles adyacentes. Se manejaba con fluidez, con la armonía de quién dominaba sus tareas, con la soltura de quién, dejando aflorar sus percepciones de alquimista, creando su propia receta.
     Los amigos seguían su ritmo de conversación, observándolo. Él intervenía de tanto en cuanto, sin distraerse de su faena. Trabajo que lo absorbía y magnetizaba y que le hacía sentir la transcendencia de su labor. Él estaba ofreciéndoles lo mejor de sí mismo, con esa media sonrisa, con ese amor que se entreveía mas allá de sus movimientos.
      Los aromas inundaban su cocina, y su presencia inundaba las miradas, mientras con la misma diligencia que había cocinado, iba colocando los platos sobre la mesa, los cubiertos, vasos, servilletas, agua. Ellos también lo ayudaban a poner la mesa. ¡Que menos! 
     Pronto todo estuvo preparado, era una comida sencilla, sin grandes florituras, pero hacia un aspecto buenísimo. Era el resultado de su sabiduría, la consciencia, el fluir desde el corazón, y el amor por sus amigos.
    Cuando todos degustaron la comida, pudieron sentir la alegría en sus corazones, sintieron elevar sus almas, mientras se miraban y asentían entre ellos, mostrándole al cocinero, sus reverencias y reconocimiento. 

SAMSARA

La Libertad. SAMSARA

     El viento despeinaba su melena rubia, los cabellos se le venían hacia adelante y se le enganchaban en el sudoroso rostro. Sus mejillas se arrebolaban enrojecidas, y en su boca se expresaba una feliz sonrisa. Respiraba de manera entrecortada, con el ritmo pausado de sus zancadas. Notaba el impacto del suelo en cada uno de sus pies, en alternancia: uno, otro, uno, otro... La sensación subía por sus musculadas piernas con cada paso. Su pecho y su abdomen sentían la presión de la respiración fuerte, y ella notaba como el aire fresco penetraba en su boca y pasaba a sus pulmones, y al mismo tiempo le venía a la cabeza, se suponía que por analogía, la rítmica imagen de la caldera de una locomotora de carbón, dejando atrás un rastro de vapor de agua.
     Aprovechaba esos momentos en los que practicaba su deporte favorito, para dejar ir la mente y no pensar en nada. A veces se ponía la música en los auriculares, y a veces lo hacía sin ellos para poder sentir aún más las sensaciones físicas, sin distracciones y en plena atención a lo que su cuerpo le sugería. Había días que le apetecía correr más fuerte, sin embargo, hoy había decidido un ritmo lento, pues el fuerte viento que soplaba le dificultaba el paso. Sentía el frescor húmedo y el aire frío que venía desde el mar, mientras ella trotaba por el paseo marítimo. Se cruzaba con otros esforzados deportistas, a veces adelantaba a alguien, y a veces era alcanzada por otros. Pero no sentía espíritu competitivo, pues cada uno iba a su aire, sin más.

     Apareció una ligera punzada en su costado, típica sensación de cuando haces un esfuerzo, aunque la experiencia le había enseñado que si seguía corriendo se le pasaría. Pero esta vez prestó de nuevo atención a esa sensación, sabía que si lo hacía se olvidaría de otros temas más mundanos. Cuando solía ir a correr, procuraba siempre hacer ése ejercicio, que la mantenía anclada cíen por cien en el momento presente. Para ella correr era una sensación soberbia, excepcional, era lo más parecido a volar que se le ocurría, el viento, la libertad, la falta de prejuicios, olvidar los problemas cotidianos del trabajo, la elevaban de manera sublime por encima de la realidad. Era un pequeño momento para disfrutar de sí misma, ni jefes, ni compañeros, ni siquiera su novio... solo ella misma y las sensaciones que le provocaban correr a buen ritmo cerca de la playa.

     Si tu, lector, pudieras observarla sin más, allí la verías a ella. Bregando contra la inclemencia, sintiendo como el calor de su cuerpo se esfumaba con cada racha de fresco viento, con cada paso que daba. Y así, olvidando el mundo, la verías seguir avanzando. El espíritu libre, la sonrisa en su rostro, el paisaje a sus pies...

SAMSARA

El Frío. SAMSARA

     El silencio sólo era interrumpido por un ligero y rítmico golpeteo, casi imperceptible. Los copos se posaban parsimoniosamente sobre su chaqueta de plumas. Cuando levantaba la mirada el cielo parecía difuminarse sin límites, de un color blanco azulado que todo lo cubría. Descendían los copos de nieve, en ligera danza que le parecía curiosa e infinita. Los diminutos cristales formaban ligeras estructuras que dibujaban las características estrellitas que se ven en todos los mapas del tiempo y que representan el frío elemento. En efecto, el frío le penetraba a través de sus ropas especializadas, pero era agradable, las llevaba un poco abiertas para poder sentir el frescor, la libertad que le hacía sentir el frío de la silenciosa montaña. Caminaba sobre la blanca superficie, dejando un rastro con las huellas de sus botas de montaña. Iba bien equipado y preparado. Un gorro de lana con orejeras y
borla, al estilo andino, le protegía la cabeza. Se lo quitó, pues le picaba el cuero cabelludo, y disfrutó nuevamente de la sensación de frío y libertad. ¿Qué tendrá que ver sentirse libre, con el frío?, se preguntó para sí mismo. Tampoco le preocupó no obtener respuesta, fue más bien una pregunta retórica, aparecida en su diálogo interior, que se desvaneció mientras se pasó la mano desnuda frotándose el rubio cabello. 
     Suspiró agradecido, por vivir esa experiencia casi mística, de soledad y silencio, recogimiento y plenitud. Inspiró profundamente el olor de la montaña, a pino húmedo, casi imperceptible, puesto que su nariz andaba un poco taponada por el intenso frío. Exhaló largamente, destensando su cuerpo, relajando las articulaciones, dejando ir los pensamientos. Era increíble, hacía pocas horas había estado en la ciudad, y ahora ahí estaba, en plena naturaleza. Formando parte del lento devenir de la ligera nevada. Formando parte del paisaje. Un hombre, solitario, frente a la inmensidad de sus sensaciones. Siguió caminando, sintiendo como sus botas se hundían en la recién caída y vana capa blanca. El sonido de los guijarros al contacto del peso de su cuerpo, se hacía sordo, como un ligero zum zum, que se perdía en la nada que lo envolvía. Sabía dónde se encontraba porque a cada tantos tantos metros se encontraba las indicaciones del parque natural. No había perdida. 
     Volvió a cubrir su cabeza, aceptando con gratitud el calor que le confería la lana del gorrito. También cubrió sus manos de nuevo. Estaban frías, y los guantes también, pero resultaba un placer, saber que en pocas horas descansaría de nuevo frente al fuego de la cabaña. Caminaba por el plano a una altitud de unos 1800 metros, no era mucho, pero aun así notaba la falta de oxigeno cuando intensificaba el esfuerzo. El baile de los diminutos copos continuaba a su alrededor, al ritmo de una música inexistente, haciéndolo sentir un intruso que rompía la paz reinante. Era maravilloso saber que estaba pisando esa fina capa nívea por primera vez, y eso lo hacía sentír único y especial. Y el calor que sentía desde lo más profundo de su corazón, abrigado en su ropa, aún contrastaba más intensamente con el frío que lo envolvía. Ese viaje lo decidió hace pocos días, era una escapada que necesitaba, no sabía muy bien porqué. Pero ansiaba la libertad que proporciona la soledad, el contraste del hombre frente a inmensidad de la naturaleza. Así se sentía él mientras atravesaba el paisaje por la llana extensión rodeada de bosque. 
     Hizo acopio de las sensaciones que estaba viviendo, guardando cada una de ellas en la memoria de su cuerpo, en los registros de su neurología, para tenerla presente en aquellos momentos cotidianos, cuando vuelva a la ajetreada ciudad donde desenvolvía su cotidiana vida. -Gracias naturaleza, por estar ahí, cuando yo te necesito- se dijo. Gracias, gracias, gracias. 

SAMSARA