El Frío. SAMSARA

     El silencio sólo era interrumpido por un ligero y rítmico golpeteo, casi imperceptible. Los copos se posaban parsimoniosamente sobre su chaqueta de plumas. Cuando levantaba la mirada el cielo parecía difuminarse sin límites, de un color blanco azulado que todo lo cubría. Descendían los copos de nieve, en ligera danza que le parecía curiosa e infinita. Los diminutos cristales formaban ligeras estructuras que dibujaban las características estrellitas que se ven en todos los mapas del tiempo y que representan el frío elemento. En efecto, el frío le penetraba a través de sus ropas especializadas, pero era agradable, las llevaba un poco abiertas para poder sentir el frescor, la libertad que le hacía sentir el frío de la silenciosa montaña. Caminaba sobre la blanca superficie, dejando un rastro con las huellas de sus botas de montaña. Iba bien equipado y preparado. Un gorro de lana con orejeras y
borla, al estilo andino, le protegía la cabeza. Se lo quitó, pues le picaba el cuero cabelludo, y disfrutó nuevamente de la sensación de frío y libertad. ¿Qué tendrá que ver sentirse libre, con el frío?, se preguntó para sí mismo. Tampoco le preocupó no obtener respuesta, fue más bien una pregunta retórica, aparecida en su diálogo interior, que se desvaneció mientras se pasó la mano desnuda frotándose el rubio cabello. 
     Suspiró agradecido, por vivir esa experiencia casi mística, de soledad y silencio, recogimiento y plenitud. Inspiró profundamente el olor de la montaña, a pino húmedo, casi imperceptible, puesto que su nariz andaba un poco taponada por el intenso frío. Exhaló largamente, destensando su cuerpo, relajando las articulaciones, dejando ir los pensamientos. Era increíble, hacía pocas horas había estado en la ciudad, y ahora ahí estaba, en plena naturaleza. Formando parte del lento devenir de la ligera nevada. Formando parte del paisaje. Un hombre, solitario, frente a la inmensidad de sus sensaciones. Siguió caminando, sintiendo como sus botas se hundían en la recién caída y vana capa blanca. El sonido de los guijarros al contacto del peso de su cuerpo, se hacía sordo, como un ligero zum zum, que se perdía en la nada que lo envolvía. Sabía dónde se encontraba porque a cada tantos tantos metros se encontraba las indicaciones del parque natural. No había perdida. 
     Volvió a cubrir su cabeza, aceptando con gratitud el calor que le confería la lana del gorrito. También cubrió sus manos de nuevo. Estaban frías, y los guantes también, pero resultaba un placer, saber que en pocas horas descansaría de nuevo frente al fuego de la cabaña. Caminaba por el plano a una altitud de unos 1800 metros, no era mucho, pero aun así notaba la falta de oxigeno cuando intensificaba el esfuerzo. El baile de los diminutos copos continuaba a su alrededor, al ritmo de una música inexistente, haciéndolo sentir un intruso que rompía la paz reinante. Era maravilloso saber que estaba pisando esa fina capa nívea por primera vez, y eso lo hacía sentír único y especial. Y el calor que sentía desde lo más profundo de su corazón, abrigado en su ropa, aún contrastaba más intensamente con el frío que lo envolvía. Ese viaje lo decidió hace pocos días, era una escapada que necesitaba, no sabía muy bien porqué. Pero ansiaba la libertad que proporciona la soledad, el contraste del hombre frente a inmensidad de la naturaleza. Así se sentía él mientras atravesaba el paisaje por la llana extensión rodeada de bosque. 
     Hizo acopio de las sensaciones que estaba viviendo, guardando cada una de ellas en la memoria de su cuerpo, en los registros de su neurología, para tenerla presente en aquellos momentos cotidianos, cuando vuelva a la ajetreada ciudad donde desenvolvía su cotidiana vida. -Gracias naturaleza, por estar ahí, cuando yo te necesito- se dijo. Gracias, gracias, gracias. 

SAMSARA