El automovil. SAMSARA

          Al cerrar la puerta se hizo el vacío. Siempre le sucedía lo mismo, era como si de repente todo ocurriera en otro nivel de percepción. Suspiró profundamente mientras metía las llaves en la cerradura del arranque del salpicadero. Lo hizo de un modo mecánico, como siempre lo hacía, de manera inconsciente. Pero, esa mañana, sin saber porqué y, de repente, se hizo al cargo. Había entrado en su vehículo cientos de veces, y lo hacía de un modo desapasionado y rutinario, sin prestar atención y habituado a sensaciones ya adormecidas por la repetición del antiguo hábito. Pero esta vez, prestó atención, sin saber exactamente qué lo habia inducido a ello. Inspiró el aire encerrado profundamente, sintiendo el olor de la tapicería, tan familiar, el olor de los plásticos que conformaban el habitáculo. Aunque el coche ya tenía unos años, aún no había perdido su característico olor. Eso le sorprendió y se fijó que estaba recordando el día en que lo estrenó. Se vio así mismo, lo feliz que fué los primeros días con su auto nuevo, ultimo modelo. Pensó en la importancia de los olores, podría decirse que permanecen en la memoria incluso cuando no les prestas atención.

          Decidió que hoy sería un día diferente, hoy iba a permanecer atento a su conducción. Se le antojó un experimento curioso, quizás divertido. Llevó la mano derecha al pomo de la palanca de cambios y sintió en sus dedos el tacto suave, y cálido de la piel, un tanto pegajoso. Puso la marcha un instante después de empujar el pedal del embrague con su pie izquierdo. Sintiò la tensión de su pierna al realizar ese pequeño y ligero gesto y escuchó el tamizado sonido de la marcha al entrar suavemente en la caja de cambios. Al tiempo que liberaba el pedal del embrague, presionaba el pedal del acelerador. ¡Que sensación! Lo había hecho tantas y tantas veces, que no se había fijado en lo mágico que resultaba. El vehículo se estaba moviendo, y se deslizaba. Se dió cuenta que instintivamente sus pies volvían a bailar junto con su mano derecha para volver a engranar la segunda marcha, y volvió a sentir como el coche liberaba la tensión acumulada aumentando su velocidad en el suave deslizar por la carretera. Era como si infinitas fuerzas potenciales se pusieran ahora en armonía sutil. Jamás podía haberse imaginado que la conducción fuera una danza tan profunda.
          ¿Cómo había llegado a eso?, se preguntó mientras a su mente afloraban los recuerdos abotorgados de sus primeros días de conductor, donde sentía esa ligera ansiedad de estar manejando esa estructura de metal y caucho con un potencial dinámico inexplorado. Dejó de lado la experiencia de los cambios de marchas para centrarse en la sensación de conducción. Sus manos, y pies, su vista y oídos permanecían atentos de forma inconsciente mientras él iba evolucionando con su auto por la despejada carretera secundaria. Sintiò como su mirada barría con efectiva clarividencia todo lo que había en su entorno, era capaz de observar detalles que ni siquiera podía imaginar, su vista iba del margen de la carretera, el entorno, la propia calzada, se concentraba en la lejanía, volvía al espejo retrovisor, a los indicadores de velocidad y de nuevo a la calzada. Incluso tuvo tiempo de admirar el vuelo de un ave allá en el cielo mientras dedujo que los campos que se extendían allá en el horizonte eran a la derecha de amapolas y girasoles a la izquierda. Se sorprendió que pudiera percibir tantos detalles a la vez mientras conducía su vehículo. Se maravilló de cuantas cosas se perdía por no estar concentrado en sus percepciones cada vez que subía al coche.
          Sintió la vibración en todo su cuerpo, la sensación cinética de deslizarse a través del basto espacio. Los ruidos sordos de los neumáticos y el motor, y el crujir del interior. No pensar en otra cosa que no fuera los eventos que ocurrían en la conducción le estaban llevando a una dimensión para él desconocida. Se acordó en ese instante de un famoso anuncio de marcas de coches, por lo que bajó la ventanilla y sacó la mano por fuera, dejando jugar su mano desnuda y su camisa arremangada en el
antebrazo, con el viento que creaba el propio avance del vehículo. Sintió profundamente la emoción y el placer, si dejaba la mano muerta el viento la impulsaba hacia atrás, si alisaba la palma de la mano contra el viento sentía su resistencia y si abría los dedos notaba como el viento fresco jugaba entre sus largos dedos. Fue un trayecto apasionante, en que no se perdió en pensamientos cotidianos sin sentido, sino que disfrutó enormemente de las sensaciones que algo tan cotidiano como conducir, podían causarle. Se sorprendió gratamente y se prometió a sí mismo volver a repetir. Permanecer en presencia, observar cómo su brazos, piernas y sentidos, eran capaces de ejecutar tan armónicamente un acto tan reflejo como la conducción le pareció maravilloso. Es en lo cotidiano, es en lo pequeño, donde más puedes sentir lo maravilloso de las percepciones. Se prometió a sí mismo volver a realizar aquel pequeño juego, aquella ligera experiencia, ese momento de sentir profundamente algo tan aparentemente banal.

SAMSARA