El pastel. SÁMSARA

Era delicioso. Pequeños destellos en su mente intentaban descifrar la composición porque era algo incongruente. Le llamaban Carrot Cake, pero no encontraba el sabor de la zanahoria por ningún lado. La tarta no sabía a la zanahoria cruda recién sacada de la tierra, con ese sabor característico difícil de definir, con su textura astillosa y dura y ese aroma de resina. Tampoco sabía a la zanahoria cocida, casi insípida y de textura blanda que se deshace al masticar. 

Eso fue lo primero que le sorprendió cuando probó el pastel de zanahoria. Hace ya un tiempo, aunque no mucho, pues no era una receta originaria de su país.¡Pero que rico y bueno era! Ahora mismo estaba degustando un trozo de deliciosa tarta de zanahoria, con su café caliente en una de sus cafeterías preferidas: la “Bakery". Miró a su alrededor mientras la saboreaba. Mezcló y ancló en sus conexiones neurales la decoración “cool” muy en tendencia del local, junto al sabor del pastel. 

Pero seguía sin encontrarle el sabor a zanahoria. Ese simple pensamiento le hizo sonreír para sus adentros. Elevó los hombros, casi sin darse cuenta, mientras fruncía la boca en un gesto de despreocupación y se entregó al placer sublime de la mezcla de sabores.
Encontró algo de canela, el agradable dulzor del azúcar, la ligera acidez de la crema que recubría la tarta y ahora si, prestando mucha atención, sintió los ligeros trocitos de zanahoria. Los sintió en el tacto de su lengua y sus dientes, y encontró un ligerísimo y casi imperceptible sabor dulce y tierno. ¿Sería la zanahoria? ¿Sería algún fruto seco? Si, nueces. Eran nueces.

No había acabado de experimentar ese mar de sensaciones, cuando le dio un sorbo a su café largo sin azúcar. El contraste qué sintió fue vivificante, fue un golpe estimulante para sus papilas gustativas. El amargo calor del café barrió sin ambages la dulce sensación que le había dejado el trocito de pastel. Sintió como desde lo más profundo de su ser surgió la necesidad de repetir ese momento. Sólo había una manera de hacerlo, ni siquiera lo reflexionó, sino que fue un acto automático y mecánico del que no pudo sustraerse o evitar.

Volvió a repetir un bocado del Carrot cake y un sorbo de café. Distrajo su mirada alrededor suyo, y no prestó atención a ese acto reflejo. Tragó el bocado, dio un sorbo al cafe, no tan caliente ya y entonces a los pocos minutos, quizás tres o cuatro, se dio cuenta que no había sentido lo mismo. No era la misma explosión de sabores que había sentido antes. 

Razonó y entonces comprendió que no había prestado atención a ese bocado, que había cometido un acto mecánico y al darse cuenta se le ensombreció ligeramente el talante, pues supo que ese bocado glorioso, intenso, lleno de untuoso placer, suavidad y dulzura, mezclado con lo caliente de la amargura de su taza de café, se había marchado para siempre. Un instante vivido plenamente, que nunca mas volvería a experimentar.

Al darse cuenta de eso, se prometió ser consciente de esos momentos para no abandonarse a lo mecánico de lo cotidiano. Sabía que no podría cumplir su promesa siempre, que los hábitos son los hábitos, pero al menos lo intentaría. 

SAMSARA