El mercado. SÁMSARA

El olor característico a mar salada era penetrante y le llevaba con claridad a sus recuerdos de infancia. Pasaba cerca del puesto de venta de pescado y pudo observar las sardinas en salazón, el rape, la merluza, calamares y otros pescados expuestos con armonioso orden, mientras los tenderos charlaban con sus clientas y despachaban sus mercancías.

Caminaba bajo la bóveda acristalada sujeta con sus nervios de acero, que se desplegaban a lo largo del lugar, como si fuera un bosque de árboles metálicos de líneas rectas y simétricas. Se orientaba entre los puestos y tenderetes del mercado, mirando aquí y allá. 

Veía desfilar las gentes a su alrededor, él estaba convencido de que cada una de esas personas era un complejo universo y se sorprendía a si mismo divagando y echando al vuelo su imaginación para construir historias que seguramente no tenían nada que ver con la realidad. O si ¿cómo podía saberlo?

Pasaba por la sección de charcutería y carne, con esas peculiares luces rosadas que intentaban dar un tono más apetitoso a los embutidos y filetes. No le hacía especial gracia ver las viandas, chorizos y piernas de jamón colgando del techo, en macabro espectáculo, más digno del terrorífico taller de algún Mr. Hyde de turno.

Pero las gentes hacían cola en ese mini matadero, aunque reconoció que, si bien el espectáculo no era muy agradable, sentía cierta atracción atávica al observar la escena y sintió un ligero retortijón de hambre al ver los jabugos de aspecto brillante y aceitoso. 

Meneó la cabeza para alejar las escenas escabrosas que se le venían a la mente al ver toda esa carne rojiza.

Era extraño sentir esa mezcla de repulsa y salivera. Por una lado imaginaba a los pobres animales desangrándose y huyendo del matarife y por otro lado recordaba el delicioso sabor de las barbacoas que había disfrutado entre vinos y champanes con familiares y amigos. 

Dándole vueltas a esos recuerdos y sensaciones entró en la zona de verduras y frutas. Eran preciosas todas esas naranjas, calabazas, tomates, coles, lechugas y zanahorias y muchas más verduras que se extendían como ejército formado en rigurosa revista. 

En el aire flotaba un aroma dulzón y de mohos. Mezcla de todos esos vegetales que se mantenían frescos gracias a la baja temperatura del mercado municipal. Era diciembre y hacía frío. Se arrebujó en su bufanda mientras aspiraba ese aroma más relajante que en la sección anterior. 

Berenjenas, alcachofas, castañas y setas. Todo bien presentado y bonito. Entraba por los ojos y le entraron ganas de comprar, pero no quería hacerlo porque estaba de paso y no le apetecía cargar con la compra hasta su casa.

Las verduleras, en efecto, gritaban más de la cuenta y una sonrisa se dibujó en su rostro. Es verdad, se dijo. El saber popular está lleno de tópicos bien ciertos. Unas mujeres más entradas en carnes, otras más delgadas, pero todas vistosas exhibían sus mercancías con esmero. Le encantaba visitar los mercados.

Esa maravillosa mezcla de sensaciones, olores y experiencias que tanto le hacían vibrar y sentir. Así se le manifestaba la vida, evocando recuerdos de su infancia, momentos y experiencias vividas y sueños aún por ocurrir. Se sentía pletórico y feliz observando todo ese mundo lleno de color, gentes y abastos.

Todo el mercado estaba adornado con motivos navideños y sonaban los clásicos villancicos de Navidad. Se descubrió a si mismo canturreando el Fum... fum... fum... dejandose llevar por el sonido emitido por los altavoces de sonido metálico que estaban repartidos a lo largo del enorme hangar.

Era casi Navidad y prácticamente no se había ni dado cuenta. Hace poco que acabó el verano, empezaron los primeros fríos del otoño y ya estábamos en pleno invierno. Hoy, un día 21 de diciembre, precisamente comenzaba la época hibernal, el momento en que el sol permanecía más alejado de nuestra madre tierra y también describía un arco diurno menor en el hemisferio norte. 

Pensó en sus amigos y familiares sudamericanos. Argentinos, colombianos, peruanos. Que suerte tenían de pasar una navidad en biquini. Se los imaginó y se puso contento con la idea de un Papá Nöel achicharrado por el calor tropical.

Paseando llegó a la zona de las chucherias y frutos secos, allí las guirnaldas y abetos de plástico de navidad señoreaban los puestos de golosinas. Monedas de oro de chocolate, caramelos con forma de bastón rojiblanco, polvorones y los riquísimos turrones. Sintió, ahora sí que si, cómo salivaba y se le licuaba la boca.

Ese fue el momento que eligió para girar sobre sus talones y marchar de allí. No sabía si podría soportar la tentación y zamparse alguna de esas ricuras tan golosas. Estaba en eterna dieta y no quería tener más sobrepeso del que debía. Aunque si por el hubiera sido se hubiera zampado alguno de esos alfajores o turrones de almendras.


Sin más, atravesó las puertas metálicas que cerraban el viejo mercado y se dirigió hacia la húmeda y oscura tarde, pues aunque solo eran las seis ya había anochecido. Se cubrió bien con su abrigo y se deslizó calle abajo entre el jolgorio de luces de la pequeña ciudad.