El escaparate. SAMSARA


  Al detenerse, vio su figura reflejada en el cristal. El contorno de su cabello, la forma del óvalo de su cara, la línea de su cuello, sus hombros. Una postura familiar se definía y adivinaba en el reflejo que devolvía el escaparate. Por detrás de él se reflejaba el trajín del ir y venir del tránsito y de las personas que caminaban por el boulevard. Se oían los golpes de tacón de las mujeres, en entretenida cháchara, mientras pasaban por detrás suyo, también las conversaciones en voz más grave de los hombres de negocios. Escuchó el rodar de un monopatín, deslizándose a sus espaldas, aunque no se giró.
      El reflejo del escaparate lo había cautivado. Se concentró de nuevo en su figura. Llevaba la ropa de siempre, la que tan a menudo, y por necesidad, se había puesto encima. Sus tejanos desgastados, su camisa blanca, y sus zapatillas urbanas, del mismo color, que le daban cierto aire sport. Siempre había vestido de forma elegante, y en su armario disponía de un fondo nutrido, aunque ya un poco pasado de moda. Tenía buena ropa, vestigio de una época más afortunada, de economía boyante. Aunque era ropa que ya había necesitado usar con más frecuencia de lo que habitualmente él estaba acostumbrado. Dilató sus pupilas de forma natural al superar con su mirada el primer plano de si mismo que le devolvía el cristal. Pudo observar lo que estaba ocurriendo más allá, en el interior de la tienda. Era una tienda de ropa pret a porter, de esas tiendas multimarca que tanto le gustaba frecuentar tan solo hace unos años. Si bien es cierto que últimamente ni se fijaba en ellas. Sabia que no servia de nada entrar en sus tiendas preferidas porque no disponía de suficiente efectivo para comprar buena ropa. Ni efectivo, ni crédito. En los últimos años sus finanzas estaban pasando por una etapa de verdadera austeridad, por llamarlo de alguna manera. Y aunque él afrontaba la situación con gallardía y sin queja, pero no podía evitar echar de menos otros tiempos mejores.
  En el interior de la tienda pudo ver como una chica de buen tipo y elegante atendía a una pareja de mediana edad. El hombre estaba probándose un cárdigan que le venia un poco ajustado en la zona de la tripa, mientras ella iba removiendo unos vestidos de aspecto primaveral. De vez en cuando parecía que la mujer le indicaba al hombre, con gestos o muecas, si la pieza que se estaba probando le sentaba mejor o peor. 
  Permaneció allí, ensimismado, observando la escena desde fuera de la tienda, hasta que el bullicio a sus espaldas lo sacó del trance en el momento en que alguien le dio un ligero golpe con un bolso o una cartera, al pasar rozándolo. Dejó de prestar atención al aparador y al reflejo de su figura, y se dispuso a seguir la corriente de los peatones que circulaban a su alrededor.
  Caminó tranquilamente, como tantas otras veces, con su mochila de tela y refuerzos en piel, colgada al hombro, una mano sobre las tiras de cuero y la otra en el bolsillo izquierdo de los tejanos. Ya no prestaba atención a nada en particular, solo se dejaba llevar por sus pasos. La mirada alta, media sonrisa. A él no le importaba ya la sencillez de su vida, se dijo. Podía echar de menos, a veces, su anterior poder adquisitivo, pero lo que no echaba de menos es la presión de su anterior vida laboral. De ninguna de las maneras. Quizás no disponía del último aparato electrónico de moda, pero disponía de las mañanas libres. Quizás no podía ir a comer a buenos restaurantes, pero podía sentir el calor del sol acariciando sus brazos.
  Él se sentía libre, sin nada que lo atara, sin deudas que lo acuciaran. Tenía poco, pero se sentía grande. Se sentía elevado y ligero. Si bien es cierto que él valoraba el bienestar material, el bienestar financiero, ya no sufría si no lo tenía. Sabia que eso le llegaría cuando aprendiera la lección. Cuando aprendiera que la verdadera abundancia no radica en poder adquirir cosas, si no en disfrutar de lo que la vida ya te ha dado. Abundancia de relaciones, abundancia de amigos, abundancia de salud, abundancia de vida, de experiencias, de sol, y de tiempo.
  Se sentía lleno de amor. Por él mismo, por su mujer, su familia, y las personas que lo rodeaban. Sentía que podía dar simpatía y regalar sonrisas, eso siempre abundaba en él y podía compartir las cosas que él era.
  Ahora iba andando por las callejuelas que cruzaban la amplia avenida por la que discurría minutos antes, mientras experimentaba la dicha que sentía ante la plenitud del momento, se sentía libre, y vital. 
De repente, el calor de la luz del sol inundó el callejón por el que circulaba al desembocar en una pequeña plazoleta de su ciudad natal. Allí se quedó parado, quieto, sintiendo plenamente cómo su rostro se caldeaba y ruborizaba mientras el astro rey calentaba su cuerpo. Que sencillo es sentirse pleno. Ahí se quedó parado, sintiendo, con su vieja camisa blanca, con sus gastados tejanos y sus playeras de tela y goma.