El loco. SÁMSARA

Sus puños se cerraron mientras las puntas de sus dedos, enroscados como el caparazón de un caracol, se le clavaban en la palma de su mano. Una corriente de satisfacción y entusiasmo le recorría sus brazos hasta llegarle a su pecho, era una especie de alegría incontrolable.

Se puso a dar saltos como un crío mientras agitaba sus brazos en el aire, haciendo aspavientos desmesurados. Empezó a gritar de forma convulsa palabras de afirmación y animo. No se daba cuenta de lo que sucedía en su alrededor, solo de su sensación creciente e incontrolable de entusiasmo y dicha.


Bailaba al ritmo de una música interior, que solo él escuchaba, mientras bajaba por la pendiente dando saltitos de alegría. Era una locura.

Se dejó llevar por la placentera sensación. Era como un cosquilleo que le subía desde la base de su abdomen hasta su garganta. Un cosquilleo que crecía de modo cálido y expansivo desde su perineo hasta su coronilla, la disfrutó sin reparos y la experimentó deleitándose en la excitante sensación.

Su cara dibujaba una sonrisa enajenada, como si estuviera en otra dimensión y sus ojos entrecerrados se movían inquietos en todas direcciones. Sus pupilas dilatadas hubieran asustado a cualquiera que se hubiera acercado lo suficiente como para verlas.

Le hubiera encantado compartir con alguien su dicha pero las personas que se cruzaban en su camino no parecían interesarse por él. Pasaban por su lado con sus vidas grises a cuestas y la mirada baja. Los  pocos que lo miraban expresaban su extrañeza frunciendo el ceño y desviando la mirada, como si estuvieran viendo un enajenado, un pobre diablo loco.

Pero él tenía motivos para sentirse eufórico, tenía motivos para sentir esa plenitud que lo embargaba. Era una emoción profunda que se había adueñado de él y no podía ni quería desembarazarse de ella. Se había dado cuenta de una comprensión trascendente sobre su vida. Así, de repente y sin más, había caído en la cuenta de que él era un dios creador.

Le sobrevino ese entendimiento mientras paseaba por las calles de su ciudad, no hubo ningún hecho que lo motivara ni lo propiciara. Sencillamente ocurrió.

Se había dado cuenta de que no dependía de nada ni de nadie para vivir una experiencia de alegría y expansión.

Nada más darse cuenta de algo tan simple, empezó a sentir una alegría interna como nunca antes había sentido. Es como si una corriente de doscientos mil voltios recorriera su cuerpo. Y se dejó llevar por esa intensa sensación de entusiasmo por la vida. De euforia por el simple hecho de ocupar un lugar en el mundo.

Había tenido tan cerca de si, esa reflexión, que jamás hubiera imaginado que era la clave de su vida. El gran engaño al que se había sometido durante toda su vida.

Y ahora, de repente, sin siquiera pensarlo, lo entendía todo, y permitió que la emoción le embargara todo su cuerpo. Por fin había entendido que el ser humano no depende de nada, ni de nadie, para ser feliz. Para sentir un estado interno de gozo y alegría. Ebrio de amor.

Y se sintió libre y saltó. Y bailó. Y sonrió a quién por su lado pasó. Y como loco de alegría, calle abajo, corrió.

SÁMSARA